Manolo Hugué, escultor.


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Eduardo Beltrán Jordá

Manolo –con este nombre ha pasado a la historiografía del arte-, nació en Barcelona en 1872 y murió en Caldes de Montbui en 1945. Formado profesionalmente en la Barcelona modernista de finales de siglo XIX, pasó a frecuentar la bohemia parisina desde 1900 hasta 1910, contactando con el arte antiguo de los museos parisinos, y con las innovaciones culturales y artísticas que estaban naciendo en esa primera década del siglo XX en París, como el cubismo eclosionante de Picasso. Algunos de las artistas amigos de éste -como André Derain o Max Jacob- fueron alentadores de esta renovación artística.

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Pablo Gargallo: el volumen de un espacio creativo


Eduardo Beltrán Jordá

Desde el punto de vista del espectador, nunca la escultura había sido tan lúdica antes de las sugestiones formales de la recreación figurativa que efectuó Pablo Gargallo en el primer tercio del siglo XX. Solamente Julio González le complementa desde la forja del metal, en este período, proporcionándonos una motivación dirigida a averiguar qué figuras de lo real, guardan sus formas materiales escultóricas desde su ejecución abstracta, y de qué manera lo hacen. Sigue leyendo

El escultor Manolo Hugué: el volumen innato


Manolo y Picasso

Manolo y Picasso

Eduardo Beltrán Jordá

Sabemos muchísimo de Picasso, intuidor prolífico de la forma que amalgamaba la geometría, el primitivismo, la libido, la ironía, la historia de la pintura, el volumen, la máscara, el naïve; un titán también en la pragmática del mercado del arte.

Manolo Hugué no fue un coloso mediático (aunque fue un controvertido opinador); era fundamentalmente (quizás no plenamente) ingenuo, es decir, llano, empático e instintivo. Fue de naturaleza emotiva; honesto con su mirada vital, figurativa. Sufrió por el pensamiento: si podría tener que ver con lo inmediato, con la robustez, la que trasladó a su técnica escultórica,  maciza, y  a sus formas, arcaicistas o elementalmente geometrizadas; si este pensamiento pudiera relacionarse con un origen moral, de la pureza cultural. Al fin y al cabo, era una inquietud relacional: si  la razón tenía que ver con la naturaleza y su ofrecimiento físico, es decir, si existía lo inmanente de unas ideas: cultura y naturaleza unidas, o dónde pudiera estar vinculado lo intangible con lo tangible.

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