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Buñuel: revoluciones exteriores y revoluciones interiores

English: Julius Henry

Image via Wikipedia

Eduardo Beltrán Jordá

“El verdadero objetivo del surrealismo no era el de crear un movimiento literario, plástico, ni siquiera filosófico nuevo, sino el de hacer estallar la sociedad, cambiar la vida”.

(Luis Buñuel, Mi último suspiro)

Este post está dedicado a un amigo, Alejandro. Cinéfilo, cineasta, escritor de guiones y libros sobre el cine. Hace más de veinte años me transmitió el mensaje de la cinefilia; entonces el cine para mí era los Hermanos Marx y los Hermanos Marx eran el cine; cuando una frase irreverente y sarcástica de Groucho se convertía en filosofía para adolescentes. Pero por entonces no sabía que era la “sabiduría” del arte popular y culto del siglo XX; y nuestra manera de vivir adosados a una pantalla cinematográfica. Mi amigo Alejandro sentía (siente) y conoce mucho más que yo de esa Historia del Cine, por eso se sabía de memoria las frases de Groucho, y ahora escribe sobre actores secundarios y sobre la película de David Lean, “Lawrence de Arabia” (1962). Yo me limito a transcribir miradas ajenas, pero semejantes.

Aquella frase tan usualmente utilizada hoy -que algo sea “surrealista”- viene dado por el hecho sintomático de que algo -un hecho, una circunstancia, un objeto, un tema…-, o alguien, no se atiene a razones lógico-racionales, y por tanto, se debe a proposiciones no racionales e irracionales. Meramente es el hecho básico del surrealismo: la vida no racional. No obstante, según Eduardo Westerdahl, Apollinaire fue el fundador de la apostilla “surrealismo” en la pintura (que lo interno y lo externo tengan como fin simbolizarse, es decir, pertenecer a un mismo sentido de unión en su separación), que no deja de ser heredero del romanticismo cultural europeo, como lo fue, la vanguardia del arte nuevo en los primeros diez años del siglo XX, a la que el mismo Apollinaire dio doctrina teórica en el cubismo. La vanguardia vino a ser luz radiantemente insospechada, ante la última caída (por entonces) de la Humanidad a su motor primario: su realidad necesaria o su idealidad malinterpretada: su exterminio bélico. André Breton, se encargaría de “gestionar” desde el 1921-24, quién pertenecería al grupo surrealista.

Así pues, hablemos del Surrealismo. A través de Groucho Marx y Alejandro (mi amigo), descubrí que la mordacidad unida al absurdo me sentaban como una camisa de seda para disfrutar de mi ironía frente a la vida. Mucho más tarde, Alejandro me dejó unas memorias de Luis Buñuel (Mi último suspiro) y se cerró un pequeño círculo de intenciones o proposiciones sobre el surrealismo entre amigos, sin cerciorarnos, cabe decir.

Trasladaré a continuación, unas notas que copié de este libro en su momento, allá por el año 2001. Son apuntes sobre aquello que resultaba definidor para mí de Buñuel, y del Surrealismo como movimiento artístico-revolucionario dentro de la historia del arte y la literatura, consciente fuerza iconoclasta que se distanciaba del “retorno al orden” posterior a la Primera Guerra Mundial en París y en otros puntos de Europa. Lecciones bien aprendidas del dadá, el movimiento romántico decimonónico, el primitivismo no occidental, el marxismo, y Freud: la vanguardia del subconsciente maravilloso.

Un movimiento, por cierto, con perspectiva revisionista o de “recepción” de la Historia del Arte, pues revisitaba aquellos períodos culturales –y subjetividades particulares-, junto con sus manifestaciones plásticas o técnicas, allá donde tuviesen común afinidad con la expresión interna o ignota del ser humano. Como ejemplos: el chamanismo de los pueblos llamados primitivos y sus objetos en la práctica animista; el hieratismo trascendente del Románico; la imaginación y la procacidad bajomedieval de “El Bosco”; el sarcasmo de Brueghel; las cárceles del inconsciente de Piranesi; la fantasía de Blake; la grotesca causticidad de Goya; el onirismo de Redon; así como objetos, formas o texturas biológicas o minerales que pertenecían a la conexión libido-onírico-fantástico-maravillosa (hasta el momento, irreconocible), de la expresividad no liberada -manifiestamente- en el Occidente europeo.

De esta revolución vitalista del inconsciente, sabremos por Buñuel, qué quedó hacia el exterior como movimiento socio-revolucionario, y qué quedo como dinamismo interno en la definición de una manera de vivir propia, y contestataria.

Transcribo, entonces, de Luis Buñuel: Mi último suspiro (1982, Barcelona, Plaza y Janés). Píldoras para la detestable corrección política contemporánea, nuestro nuevo tabú, nuestra novedosa censura integrista:

Cuando alguien me pregunta qué era el surrealismo, respondo invariablemente: un movimiento poético, revolucionario y moral.”

Al igual que todos los miembros del grupo, yo me sentía atraído por una cierta idea de la revolución. Los surrealistas, que no se consideraban terroristas, activistas armados, luchaban contra una sociedad a la que detestaban utilizando como arma principal el escándalo. Contra las desigualdades sociales, la explotación del hombre por el hombre, la influencia embrutecedora de la religión, el militarismo burdo y materialista, vieron durante mucho tiempo en el escándalo el revelador potente, capaz de hacer aparecer los resortes secretos y odiosos del sistema que había que derribar. Algunos no tardaron en apartarse de esta línea de acción para pasar a la política propiamente dicha y, principalmente, al único movimiento que entonces nos parecía digno de ser llamado revolucionario: el movimiento comunista.”

La mayoría de aquellos revolucionarios -al igual que los señoritos que yo frecuentaba en Madrid- eran de buena familia. Burgueses que se rebelaban contra la burguesía.”

Pero lo que más me fascinaba de nuestras discusiones del “Cyrano” era la fuerza del aspecto moral. Por primera vez en mi vida, había encontrado una moral coherente y estricta, sin una falla. Por supuesto, aquella moral surrealista agresiva y clarividente solía ser contraria a la moral corriente, que nos parecía abominable, pues nosotros rechazábamos en bloque los valores convencionales. Nuestra moral se apoyaba en otros criterios, exaltaba la pasión, la mixtificación, el insulto, la risa malévola, la atracción de las simas. Pero, dentro de este ámbito nuevo cuyos reflejos se ensanchaban día tras día, todos nuestros gestos, nuestros reflejos y pensamientos nos parecían justificados, sin posible sombra de duda. Todo se sostenía en pie. Nuestra moral era más exigente y peligrosa pero también más firme, más coherente y más densa que la otra.”

Al  movimiento surrealista le tenía sin cuidado entrar gloriosamente en los anales  de la literatura y la pintura. Lo que deseaba más que nada, deseo imperioso e irrealizable, era transformar el mundo y cambiar la vida. En este punto -el esencial- basta echar un vistazo alrededor para percatarnos de nuestro fracaso.

Desde luego, no podía ser de otro modo. Hoy medimos el ínfimo lugar que ocupaba el surrealismo en el mundo en relación con las fuerzas incalculables y en constante renovación de la realidad histórica. Devorados por unos sueños tan grandes como la Tierra, no éramos nada, nada más que un grupito de intelectuales insolentes que peroraban en un café y publicaban una revista. Un puñado de idealistas que se dividían en cuanto había que tomar parte, directa y violentamente, en la acción.

De todos modos, durante toda mi vida he conservado algo de mi paso -poco más de tres años- por las filas exaltadas y desordenadas del surrealismo. Lo que me queda es, ante todo, el libre acceso a las profundidades del ser, reconocido y deseado, este llamamiento a lo irracional,  a la oscuridad, a todos los impulsos que vienen de nuestro yo profundo. Llamamiento que sonaba por primera vez con tal fuerza, con tal vigor, en medio de una singular insolencia, de una afición al juego, de una decidida perseverancia en el combate contra todo lo que nos parecía nefasto. De nada de esto he renegado yo.”

El ateísmo -por lo menos el mío- conduce necesariamente a aceptar lo inexplicable. Todo nuestro Universo es misterio.”

Puesto que me niego a hacer intervenir a una divinidad organizadora, cuya acción me parece más misteriosa que el misterio, no me queda sino vivir en una cierta tiniebla. Lo acepto. Ninguna explicación, ni aun la más simple, vale para todos.”

Yo respeto y admiro a las fuerzas naturales. Pero no soporto a los miserables fabricantes de desastres que cavan todos los días nuestra fosa común diciéndonos, hipócritas criminales: “Imposible hacer otra cosa”

En nombre del juramento de Hipócrates, que coloca por encima de todo el respeto a la vida humana, los médicos han creado la más refinada de las torturas modernas: la supervivencia. Eso me parece criminal… Si bien es cierto que los médicos nos ayudan en ocasiones, la mayor parte de las veces son money-makers, hacedores de dinero sometidos a la ciencia y el horror de la tecnología. Que se nos deje morir, llegado el momento, e, incluso, que se nos dé un empujoncito para partir más aprisa.”

Dentro de muy poco tiempo, estoy convencido de ello, lo espero, una ley autorizará la eutanasia bajo ciertas condiciones. El respeto a la vida humana no tiene sentido cuando conduce a un largo suplicio para el que se va y para los que se quedan.”

2 pensamientos en “Buñuel: revoluciones exteriores y revoluciones interiores

  1. Gracias, compañero. Me he emocionado. Al recordar ahora esa época, me doy cuenta que encontramos un camino que hemos seguido desde entonces. Con sus desvíos, con sus curvas peligrosas, tramos en obras y paradas al borde de la cuneta. Seguimos pateándolo y allí estaremos hasta que el amanecer nos encuentre.

    ¡Un abrazo y ánimo!

  2. Pingback: Los números de 2010 « El unicornio del "Greco"

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