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Las vistas del gusto

French writer Stendhal

French writer Stendhal (Photo credit: Wikipedia)

Eduardo Beltrán Jordá

La sensación subjetiva mediante la cual un lugar visitado, vivido, convivido, observado, o presenciado, nos indica que pertenece a nuestro gusto estético y a nuestra sensibilidad emotiva, es similar a la vieja observación stendhaliana sobre el arte y el paisaje histórico y urbano de una Italia del primer tercio del siglo XIX. Debemos recordar que en Stendhal el aprecio estético era el aprecio del sentimiento.

Por poner algún ejemplo. Aquella fachada de un edificio, que nunca apreciaremos en su interior por ser de vidas ajenas a nuestro viaje. Aquel ámbito formado en pequeña plaza, abierto en la urdimbre urbana, que nos sugiere un entorno de vida transcurrida dentro y fuera de las casas que lo conforman y asimismo rodean. Aquella configuración arquitectónica de las ciudades o pueblos que permanecen en el pasado; anticuada, en cuanto a usos y costumbres; inadecuada a tiempos presentes por su exigencia cotidiana y social.

Cualquier modo o forma de vida no habitada, y a penas comprendida pero afín en sensibilidad, o, mejor dicho, afín en espíritu y experiencia por causa de un gusto estético cultivado, y a consecuencia de ello, que motiva una prolijidad de sensaciones estéticas enraizadas en épocas del pasado histórico.

Cualesquiera que sean los motivos de nuestra sensibilidad hacia las formas del arte, de nuestro entorno vital, del paisaje natural, tendrán que ver con una adecuación psicológica, ideal, y espiritual, hacia las mismas, y en suma, se presentaran como elección estética.

Y de este modo, sin saber porqué, acaban perteneciéndonos algunos espacios de un extenso tiempo histórico y humano, tal como le ocurría a Stendhal. Un gusto estético personal, tiene un motivo o una causa: viene a ser parecido a una emoción que se adopta en los espacios arquitectónicos que transformamos en imágenes: el sentimiento se une a las formas de los lugares y del mundo. Es definido como gusto estético subjetivo (no tanto el objetivo, quizás más social, ideológico, epocal, o en base a bogas). Es también incondicionado, no se aviene a “praxis” de interés determinada -en el sentido kantiano del juicio del gusto-. Reside en cada objeto observable en el transcurso del tiempo y el espacio, tanto artísticamente como geográficamente, y también en el paisaje; está por descubrir allá donde nos movamos.

Es magnífico dejar parte de nuestra mente y nuestra alma en rincones, ambientes, fragancias, colores, actitudes, diseños, artesanías, formas, “objetos encontrados” (los objets trouvés del surrealismo artístico)… en definitiva, en los fenómenos que reconocemos (en una conciencia prelógica), que subjetivizamos o emotivizamos. Es extraordinario constatar que nuestra representación en lo observado nos transporta del tedio, o de la voluntad insoslayable.

Quizás, en un determinado viaje, será el espíritu de cada lugar que visitamos, el paisaje y la diversidad de los aspectos que contemplamos, y cómo ambos se asimilan a nuestro gusto estético.


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