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“Un extraño en mi vida”: una joya en el melodrama hollywoodiense

“De repente un extraño”, 1960

Por Eduardo Beltrán Jordá

¿Cuál sería tu película favorita? Si respondiese a una pregunta semejante, creo que, sobre un grupo personal de películas especiales, emocionalmente, por el impulso de esa resistente memoria que pueden tener los sentimientos, me resignaría ante una –pequeña y concreta– tragedia moderna o contemporánea del amor (1). Me rendiría ante la estremecedora gelidez de una pasión efímera y finita, la del filme Strangers when we meet (“Un extraño en mi vida”, 1960), del director Richard Quine. 

La escogería ante otras películas pasionales –como por ejemplo Senso (1954) de Luchino Visconti, donde el drama cinematográfico es asimismo operístico–, posiblemente porque no me detendría a valorar los motivos por los que la elegiría, como ocurre con otras numerosas películas que me han fascinado visualmente, que me han perturbado emocionalmente o éticamente, o con las que me he identificado a través de las ideas y experiencias que surgen de ellas. En cambio, si hubiese de hacer el esfuerzo de detenerme a explicar los motivos de mi elección, por la modestia narrativa y estética en este melodrama de Richard Quine, éstos tendrían como base, la conmoción de poder saber –desde la espejeante fórmula cinematográfica con la vida– cómo se representa la desolación reconocida por dos personas que desean amarse. Ahora sí, tendría que detenerme ante la turbación de ver representado un sueño socavado, asimismo paralizarme ante el hecho de poder entender que una joya que ambos amantes han encontrado, perderá su esplendor (como un aura) para siempre. Amantes que quizás reconozcan en el futuro el valor físico que tuvo dicha riqueza, pero tal vez no su ilimitada facultad de amar. Éste tipo de amor, el afincado en el alma, será asunto de débil consistencia teórica, es diamantino o funesto, dependiendo de opciones interpretativas.

Es posible que una de las preguntas que deja en el pensamiento este film, es, si esa entereza fascinante tiene continuidad fuera de ese encuentro, en el objeto del deseo (desear, en el caso de Maggie en este filme), o en una vida matrimonial profesional y económicamente estable (en el caso de Larry), que en ambos casos, vendría a representar la piedra preciosa en sí y su labor de artesanía incalculable, esa brillantez, cromatismo y formalismo que los amantes poseen juntos; o si por el contrario, su trascendencia mágica murió, sin esperar que su belleza vibre más. Quizás ambas preguntas desembocan en la misma alternativa: si cada uno guardó ese mismo valor para sí, pagando el precio de una desdicha.

La condición de joya que posee la gema –su valor–, está dispuesta a iluminar de nuevo, en la parte femenina de la relación adúltera vivida por la pareja protagonista del film, y sin embargo, por la parte masculina muta en cotidiana posesión material. En el encuentro final (escalofriante la serenidad de ambos, esa congoja, esa tristeza) cuando Maggie Gault (Kim Novak) baja las escaleras al despedirse de la posibilidad de compartir su amor con Larry Coe (Kirk Douglas), se incorpora de inmediato su fatal sensación de fragilidad en el deseo de amor, de sexualidad, de cariño, cuando se le insinúa una atrevido pretendiente. Larry ya ha optado por no mentirse más y seguir con una vida conyugal y familiar más convencional: ese es su objeto de deseo, la comodidad social. La deslealtad a la pasión le hace injusto a Larry, si bien, tal vez seguirá amando a Maggie en su esposa Eve (interpretada por Babara Rush). La escasa esperanza, nos la ofrece el lenguaje del amor, mediante el cual quizás se vuelvan a encontrar motivos para nombrar auras de maravillosas joyas.

English: Publicity photo of Kim Novak. Los Ang...

El melodrama cinematográfico adquiere todo el sentido de su propuesta narrativa en su clave, que es el paso del tiempo. Sus consecuencias son el cambio del punto de vista del sujeto (los protagonistas de las películas, y los de la vida), y por el contrario la inmovilidad del objeto o el hecho sellado en la perennidad. Mientras dos personas aman fuera del matrimonio, sus cónyuges siguen dentro del mismo. Mientras Maggie y Larry cambian su mirada frente al amor -con otros lugares donde vivirlo-, la resignación queda latente y oculta dentro de sus hogares. La estructura narrativa del melodrama en referencia al tiempo y su transcurso, se caracteriza por manifestarse en rondo, en círculo o en espiral. Es por ello que el sujeto temporal siempre gravita alrededor de su memoria física (el espacio, el objeto). En esta película, habrá que imaginar las consecuencias sobre el recuerdo fijo del amor más brillante, que compartieron Maggie y Larry, como hecho y lugar. En otros melodramas (no en este) el tema principal es el tiempo emocional el que se aferra al deseo de alguien en su falta o carencia, y la posterior ausencia de todo ello: el sentimiento que queda pendiente. En Strangers when we meet destelló la sutileza cromática de un diamante, imaginemos el sentimiento que rondará entorno suyo en espiral y abismo: es la tragedia, es la pasión imposible

La relación de pasión adultera tan honda por su sosiego y fortaleza, en esta película, se aleja ligeramente del agudizado sentimiento en los melodramas cinematográficos de Douglas Sirk. Este film es como una minuciosa piedra de fascinante belleza a la que Richard Quine y Evan Hunter le asignaron la misteriosa y amarga insolencia del amor. Una estilizada poesía cinematográfica sobre la indefinición de un hogar. Será el lugar -pero no un hogar-, similar a la casa que Larry diseñaba y construía para la realización de los sueños de alguien que nunca fue él: para Roger Altar (interpretado por Ernie Kovacs), un escritor, libre, vividor. ¿Quién no hubiese deseado vivir una historia de amor en semejante casa de inspiración japonesa cuya influencia está latente en la arquitectura privada y moderna posterior a la Segunda Guerra Mundial?

Un extraño en mi vida es la historia de la elección de una joya espiritual y pasional, o es su reverso, la opción de un anillo matrimonial y material. El realismo moral se enfrenta al deseo de vivir una idea. Da la sensación de que quien más pierde en este film es Maggie Gault, ¿qué sino se puede imaginar de aquella sensación de envidia y de sobrecogimiento, que estremece a Maggie, visitando la casa de Larry y Eve, observando el espacio de convivencia –la habitación, los objetos personales–de su amante y de la que es su esposa?; ¿qué podrá preguntarse Maggie sino cómo será compartir la vida cotidiana con él?

                                                                             ****

(1) En la condición humana occidental, la tragedia es un tema extenso, proyectado culturalmente por la cuna civilizatoria greco antigua. Hablo del sentimiento amoroso en el siglo XX, el que hemos visto en el cine. El que encuentra confrontaciones, en ocasiones insalvablemente trágicas, entre la libertad sentimental individual y los límites convencionales del estatus moral dominante de una sociedad, y dependiendo de qué contextos socioculturales y religiosos en la geografía occidental, conforme al adulterio o amores fuera del matrimonio, dependiendo de tempranas o tardías leyes de divorcio de cada país, y antes de la revolución sociocultural de los años sesenta del siglo XX. Recientemente, Carol (2015), la película de Todd Haynes, nos muestra una solidísima puesta en escena cinematográfica de un intra-dilema sentimental de dos mujeres, frente a las relaciones matrimoniales y heterosexuales con hijos, o sin ellos, que quieren sentir su condición de amantes, durante los primeros años cincuenta en Nueva York, cuando las premisas morales y heterosexuales imponían la moralidad legislativa.

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