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“The Fountainhead” (King Vidor)

Howard Roark y Gail Wynand en el “Banner”

Eduardo Beltrán Jordá

El Manantial (EEUU, 1949), plantea una controversia que transcurrido más de medio siglo desde que se estrenó aun permanece vigente en su raíz social capitalista. Basado en la novela de Ayn Rand, quien redujo a guión su propia novela para el film, plantea en mi opinión, un maniqueísmo atroz. Por una parte, desde el individualismo persistente u obcecado, y por otra, desde la colectividad manipulada ideológicamente (supone el sacrificio de la libertad intelectual creativa, el trabajo creador de las ideas) en aras de un falso socialismo, banalizado, al que  se le ha anulado la voluntad crítica por una estrategia de los medios de comunicación de masas; es decir, darles a entender aquello que deben opinar a quienes carecen de un criterio propio y se dejan arremolinar alrededor de líderes de opinión perversos.

El film se demuestra destacadamente integrista en el humanismo del futuro, según un axioma liberal.


La obstinación del protagonista, el arquitecto Roark (interpretado por Gary Cooper), tendría relación con un liberalismo individualista y radical (incluso beligerante, en el momento cuando vuela los edificios construidos que había trazado, cuyo diseño había cedido a un arquitecto amigo, y que suponían la antítesis de su modus operandi y la desatención de sus directrices, debido a un cambio de planificación en el proyecto). No obstante, un individualismo de sólidas convicciones humanas e idealistas. Sería semejante a una especie de utopía que parte primero del individuo para realizarse posteriormente en la realidad social; además de indicar una clase de aristocracia intelectual que debe proporcionar los canales de bienestar a los seres humanos. Diríamos que es un progresismo elitista que confía en la independencia de la fortaleza moral de la conciencia personal, o sea, en la virtud de la libertad. Roark se opone a una sociedad dirigida por otro modo de fascismo de las masas, pero que esta vez se desarrolla impulsado por la economía de mercado y del beneficio.

El pensamiento liberal es extrañamente paradójico, por utópico y elitista al mismo tiempo.  Si lo comprendiésemos dentro de una comunidad cívica -de individualidades formadas-, justificaría posicionarse por encima -o por fuera- de las ideologías, de los estados y de los mercados, respetando a los demás ciudadanos desde un interés predominante del individuo, educado en valores morales. Quizás sea este el motivo por el que Roark aparece imperturbable, gélido, hierático, insobornable, ante las críticas y enfrentamientos tanto de sus enemigos y adversarios (véase la conversación con el crítico de arquitectura Ellsworth Toohey, que interpreta Robert Douglas), como de sus propios colegas de profesión, incluso ante el amor pasional y profundo (véase la manera cómo estoicamente supera la relación de tres, en la que se encuentra la mujer a la que ama). Vidor creó un papel protagonista como un modelo de lealtad espiritual, moral y psicológica irreductible. Es el desinterés del héroe.

Este film debe aspectos ideológicos -conservativos (o conservadores) e individualistas (no colectivistas)- a las ideas de King Vidor en considerable abundancia. Y es posible que se note en el excesivo esquematismo psicológico-conductual de los personajes, que también es consecuencia del maniqueísmo que intenta ejemplificarse, al cual he hecho mención al principio. Veamos sus características.

El arquitecto  Howard Roark se caracteriza por su solidez y obstinación vital, mental e ideológica (recuérdese aquello que comenta el propio Roark al menos en una ocasión, con tono mesiánico, sobre quien quisiera buscarle lo encontraría).

La protagonista femenina Dominique Francon (interpretada por Patricia Neal), amante de Roark, tiene caracteres psicológicos semejantes a una asceta, masoquista hacia el deseo, en negativo, para evitar el sufrimiento de aquello que le parece digno de amar, de admirar y contemplar, por su belleza, en el mundo. Es un masoquismo egoísta de evasión del conflicto, junto a la comodidad fría del cinismo, el nihilismo, el desamor y el dinero. Diríamos que es el anverso de las ideas y la rectitud de Roark, definido por la misma integridad, en la versión de negación de la superioridad liberal en la conciencia del individuo, frente a la sociedad y la realidad hostiles.

Cropped screenshot of Patricia Neal from the t...

Cropped screenshot of Patricia Neal from the trailer for the film The Fountainhead (Photo credit: Wikipedia)

El director del periódico “Banner”, Gail Wynand (Raymond Massey), representaría las circunstancias de la metamorfosis, con respecto a la figura y postura del arquitecto. Es decir, de ser el facultador de un periódico que transige con la venta de realidad-humo a una población gregaria, en el sentido de crear opinión según las leyes del beneficio más radical, sin escrúpulos; a convertirse en el protector, mecenas y divulgador de ideas bajo marchamo “individualismo-creatividad”. Es el personaje sacrificado moralmente (y físicamente, puesto que se suicida, aunque no así en la novela de Rand; un ejemplo del interés maniqueo de Vidor en su film) por y para la causa hegemónica de Roark-Vidor, puesto que si Wynand despreciaba el término medio, irónicamente acaba propiciando el nexo de unión de los dos enamorados. Incluso consiente establecer una especie de trío de amor: su matrimonio con Dominique Francon y el amigo del matrimonio (Howard Roark), el cual fue amante de la esposa. Dominique y Howard se aman soterradamente y profundamente -bajo una antigua promesa incumplida-, con el conocimiento de Wynand, que a su vez, está enamorado de la fortaleza creativa e ideológica del amante-arquitecto. El cual -posiblemente-, admira del esposo su comprensión interior hacia la solidez de comportamientos, en favor de conductas, pensamientos, ideologías o voluntades de creación, que manifiesten salirse del común denominador; cualidad ésta que ya habría practicado como dueño del “Banner”.

Es necesario mencionar que es sacrificado precisamente por dicha virtud ante la defensa de unos principios en los que siente el individualismo por encima de las opiniones ajenas y comunes. Diríamos en términos religiosos que es el arrepentido y el convertido a una especie de ideología en la que se quiere ver el futuro del bienestar norteamericano.

En honor a la honestidad de Wynand, cabe mencionar que desaparece de la historia narrada, concediéndole la fama absoluta a Roark, encargándole el edificio más alto de la ciudad que llevará su nombre, Gail Wynand. Es decir, que proseguirá el camino iniciado con la  divulgación periodística de opiniones, tendencias e ideas, que conseguía expandir desde la publicidad de las firmas y titulares del arruinado y desaparecido diario “Banner”; pero ahora su interés ya no tiene que ver con la creación de opinión amarilla, cuyos efectos actúan sobre la sociedad, sino con la “construcción” de ideas filantrópico-liberales en el skyline de su ciudad.

En un sentido de encaje de posturas ideológico-morales y sus respectivos satélites, la película es terrorífica: no da respiro a la mediocridad ni a la pusilanimidad como quizás quedara caracterizado en Peter Keating (Kent Smith), el arquitecto que llevado por la popularidad y la línea de pragmática arquitectónica social, está dispuesto a firmar un proyecto de su compañero Roark; o en el ideólogo social del periódico “Banner”, Ellsworth Toohey, con sus  métodos de difusión enfatizada y manipulada hacia un pensamiento común, que aborrece la diferenciación. Éste es otro personaje que nos transmite otra línea paradójica en la película, por cuanto el bienestar común debería velar por cierto equilibrio de posturas en aras a la salvaguarda de la integridad particularista (algo que no demuestra nuestro crítico del “Banner”). En esta ocasión es el socialismo el que estaría en entredicho, pues  Toohey podría ser el que justificara un bienestar colectivo, pero en realidad queda en evidencia (ambos, el crítico de arquitectura, purista, de aquello que está en la orden de los tiempos que corren, que practica cierta demagogia; y la ideología tendente a la socialización de intereses); queda en entredicho por sus métodos corruptos ante la excelencia de Roark, que a su vez quiere imponer Vidor en las imágenes y diálogos.

Bien es cierto que el liberalismo defiende la libertad como objetivo, teniendo siempre presente que la supresión de libertades individuales y colectivas, será en aras del surgimiento de una nueva libetad individual y colectiva. El pensamiento capitalista será el modelo más afin al liberalismo del individuo y al objetivismo de Ayn Rand.

Ayn Rand

Ayn Rand (Photo credit: Wikipedia)

A rasgos generales, el film plantea un absolutismo racionalista abstracto propio de la arquitectura moderna, frente al tradicionalismo o pragmatismo estético de la arquitectura del poder económico, del mediocre impacto moderno. En esta película el colectivismo se asocia a un socialismo irracional, subordinado a las leyes de la vacuidad mercantil y del poder. No ocurre así con el “mesianismo” intelectualizado que asume la verdadera felicidad a través de una ideología elitista que regenta una estética pura (con similitudes fascistas, obviamente). Sería la opción inversa a la vanguardia comunista, el constructivismo estético de la utopía socialista, pero sin contar con el pueblo (algo así como aquel viejo y europeo despotismo ilustrado) en la versión norteamericana capitalista.

Antonio Castro (Dirigido, nº 228, p. 64-5) escribe que el guión de Ayn Rand recoge la “biografía, muy libre” del  arquitecto Frank LLoyd Wright. Por tanto el personaje de Howard Roark estaría inspirado en él, asi como el personaje del arquitecto -Henry Cameron interpretado por Henry Hull- que ayuda a la carrera de Roark -prócer iluminado  de una vida  anticonvencionalista, intransigente, basada en los valores humanistas- que Antonio Castro, sugiere, que estaría inspirado en el maestro de Wright: Louis Sullivan. La arquitectura del primer tercio del siglo XX se verá condicionada por las limitaciones urbanas y las nuevas necesidades de comunicación de la población. Algunos artistas se rebelarán contra el automatismo y la mecanización, como amenazas de la arquitectura moderna. Es el caso de Wright y sus discípulos.

La película denota excesivo énfasis en las metáforas semánticas del poder masculino, tales como el taladro, símil fálico. Y también en el final del film, en el que destaca un supremo “Mesías” reinando en las alturas urbanas sobre el nuevo concepto de ciudad -cívicamente, estructuralmente y arquitectónicamente-, y que permanece impasible, sin vértigo, sin que el viento sobre la cúspide del rascacielos le perturbe. Y espera a su particular discípula -que ya es su legítima esposa después del suicidio de Wynand- subiendo por el montacargas, arriba en su  olimpo.

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