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Sentirse desnud@

Kidman-Robert Jr

Eduardo Beltrán Jordá

Fur: An Imaginary Portrait of Diane Arbus (Steven Shainberg, USA, 2006), posee la libertad que debe tener toda película que quiera partir de la imaginación. Interpreta las posibles condiciones de la separación familiar de la fotógrafa Diane Arbus, hacia un encuentro con su personalidad, tanto creativa como de identidad. El móvil de este propósito parece ser el de sentirse desnudo, auténtico, ante los demás, tanto físicamente como psicológicamente.

Nicole Kidman es una actriz que suspira por este tipo de papeles de complejidad psicológica (“Las Horas”, “Margot y la Boda”, “Dogville“) aportando trabajo tras metamorfosis de actriz, convirtiéndose en una gran intérprete-estrella del cine norteamericano de la primera década del siglo XXI. Conjuga como pocas actrices la belleza de cristal -glacial por su mirada-, con la patología febril -la misma mirada azul muestra su reverso-. Su frágil fisonomía, asimismo, proporciona una mezcla entre delicada vitalidad pulcra y maniática confusión enfermiza.

En esta película contribuye a ofrecer una imaginativa y extraña versión del instinto sexual. Observese como Diane huele reiteradamente el vello y el cabello de Lionel -su amigo y amante-,  o cómo desea de su marido más que una posesión machista, o mayor pasión al no ver reconocido su deseo en cierta frialdad habitual de este. Sumado a este instinto vemos el erotismo psicológico -la atracción de la comprensión mutua espiritual-, a raíz de una extrañeza común. Es una atracción por lo siniestro: lo otro, el interior oculto de Diane, que ha encontrado en el exterior, esa pulsión atrapada en ella misma. Recuerda el amor entre Winona Ryder y Johnny Depp en Eduardo Manostijeras (Tim Burton, 1990), sin su premeditada inocencia.

Se trataría de un nuevo cuento sobre la bella y la bestia (en este caso sería muy enriquecedor repasar el film de Jean Cocteau, sobre el mismo tema, basado en el el cuento homónimo de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, 1711-1780). Las características instintivas, eróticas y amorosas de los dos personajes protagonistas, se muestran a la inversa, a modo de quiasmo. Lionel Sweeney (Robert Downey Jr, en su énfasis por emular cada vez más la parte outsider de los personajes que suele interpretar Johnny Depp, como se muestra en Zodiac -David Fincher, USA, 2007-, por ejemplo), es la bestia, físicamente, con vello y cabellos que profusamente recubren su rostro y cuerpo, pero es bello en su carácter cortés, melancólico, tolerante e incluso en sus vestimentas; tal cual un dandy en su desplazamiento respecto a la sociedad, como una individualidad que le define. Diane Arbus (Nicole Kidman) es bella en su fisonomía corporal y facial, pero es una verdadera bestia en su interior al descubrir su atracción instintiva por la diferencia humana, diríase cierta perversión erótica (opinable en todo caso).

Se vislumbra en Diane cierto despojamiento (la desnudez) como defensa de lo humano, a pesar de su atracción por la otredad física, es decir, la rareza a priori inhumana, monstruosa, o simplemente su mutación biológica, accidental, debido a la marginación social, las enfermedades, o a otras causas. Sentirse desnudo, o mostrarse desnudos como tantos personajes de la película que no se asocian al marchamo normalidad, como la única forma de existencia. Sentirse así, por los siguientes motivos que nos ofrece la película.

En una de las secuencias del film, Diane Arbus necesita tomar aire fuera de la casa después de ser objeto de una serie de preguntas sobre unos consejos de belleza y moda femenina, que le hace un público reunido para disfrutar de un desfile de peletería (1) que organizan los padres de Diane, un matrimonio socialmente acomodado. Ella y su marido son los encargados de las fotografías y el atrezzo (por llamarlo de algún modo) de este desfile y forman un equipo familiar en un estudio de fotografía (fotografías para publicidad como se ve en el film). Por ser el objeto de atención de estas preguntas, Diane se ve abrumada, desubicada, angustiada, oprimida, debido a que se ve obligada a contestar sin ánimo de sentirse reconocida en esa vinculación social a la que está sometida, bajo un modo de vivir determinado, bajo unos usos convencionalmente encubiertos en la apariencia -un matrimonio con hijos, las máscaras del progreso social: trabajo, comodidades, lujos, sofisticaciones, etc.-. Diane quiere respirar aire puro desabrochándose el vestido por el pecho; de alguna forma exhibir su verdadera humanidad, manifestar su desnudez; o quizás su diferencia con respecto a una hipocresía social, la cual adopta otras maneras extrañas -también raras- de convivencia social, a pesar de que la película muestra su interés en la rareza marginada socialmente: enanos, tullidos, gemelas, gigantes, peludos, deformes u otras personas socialmente excluidas o automarginadas (2).

Diane desea sentir la pasión erótico/sexual (diríase abismal) con una persona extraña al resto común de las personas humanas; un freak, un monstruo, como ella. De esa manera le considera Lionel, tras una pregunta por su atracción y deseo erótico que le realiza Diane, contestándole el hombre “peludo”, que siempre quiso amar a una verdadero freak. Se le supone a la fotógrafa, en la película, una auténtica y misteriosa sensibilidad -o psicología- freak, o camp (3). Esta aproximación sera ajustada, si existe, como se quiere indicar, cierta inocencia humana, en la complacencia con valores en detrimento de la cultura tradicional malograda, entorno a la situación de mostrarse enamorada de un hombre prolijo en pelo y profuso en sensibilidad.

La última de las motivaciones de Diane que sigo para tales conclusiones de desnudez, es el objetivo profesional y creativo que desarrolla Arbus, posterior a la separación de su familia, retratando a los marginados de la sociedad estadounidense, o también a aquellos con sensibilidades diferentes o alternativas a las convencionales. La película, estructurada de modo sencillo acudiendo a un largo flashback, y retornando de él, muestra el comienzo de la voluntad creativa de la protagonista en su introducción. Cuando Diane llega a una especie de comuna nudista para retratar a sus miembros; y al final del film, en la coda, cuando intenta aproximarse, ya desnuda, a las personas que deambulan por dicha comunidad. Resaltando así, de nuevo, el juego infantil de la honestidad, en la confesión de secretos sinceros (o mejor dicho, desnudándose emotivamente), de la misma manera que lo hacía con su marido o que lo había realizado con Lionel, cuyo  mayor secreto era que la persona que él apreciaba y amaba -en reciprocidad-, le ayudase a cumplir el deseo de que fuese testigo de su suicidio, en su lugar preferido, edénico: en el mar. Así lo ejecutan ambos.

Un momento que podrá estar mejor o peor representado en el film, pero en el que se indica un descenso a los infiernos de la emotividad de Arbus, a partir del cual, ya no puede volver atrás más que para despedirse de sus hijas y su marido. Éste será su secreto: haber amado a un monstruo, a un ‘anormal’. Impulso para una carrera fotográfica sobre el desnudo objetivo y subjetivo, es decir, aquello que es mostrado en su auténtica honestidad y necesidad (4). Siempre ateniéndose a la narrativa fílmica y bajo su comunicación imaginativa, sin juzgar si se somete a la información objetiva, biográfica, de Diane Arbus.

Actualmente somos muchas autenticidades subjetivas, con sus perversiones, e incluye observar varios grados de lo que mencionamos como ser freak. Incluso demostrar una identidad auténticamente original aun es un acto de valentía. No obstante, todos se sienten libres para ejercer su posicionamiento. Algunos ejercen la corrección política esculpiendo en sus rostros la máscara de la tolerancia, precisamente, para no tolerar la diferencia. Un recurso que se extiende socialmente como una invisible epidemia mediante la cual la autenticidad no se puede expresar -o al menos una franqueza original- pues sobra desde una acomodada costumbre. Así, contra la masificación de unos ‘monstruos’ que son las hordas de la corrección normativa, se enfrentan otros ‘monstruos’ en cuanto a intolerancia, y no menos normativos.

Es en exceso simplista aunque sí existe algo de integrismo en actitudes extremas, y sabemos que las aptitudes moderadas o la actitudes centradas reciben por todos los lados -el diestro y el siniestro-. Unos normalizan la identidad de la diferencia (la práctica freak, una postura camp autoconscientemente destructiva, o queer (5)), otros normalizan un contexto -un ambiente- de pensamiento unificado. Los primeros parecen al menos no oprimir, los segundos se sienten con mayor seguridad para hacerlo, sin embargo, falta en muchas ocasiones una mentalidad crítica hacia la subjetividad de cada cual, la de la verdadera diferencia, cuando se ha ‘masticado’ y revisado. Es un individualismo no reductivo.

Diane Arbus

Diane Arbus (Photo credit: Wikipedia)

* * *

(1) En la película existen varias ironías como ésta, en la que se organiza este desfile, resultando ser el vecino de arriba (el nuevo amigo de Diane, Lionel) un hombre-lobo u hombre-mono, por su excesivo pelo corporal, cuyo trabajo consiste en aprovechar, precisamente, su corte de pelo para confeccionar pelucas a travestis actores-cantantes, y peluquines para calvos. Y asimismo, otra clara ironía, es la acción del marido de Diane, Allan (Ty Burell), de dejarse crecer su barba cuando su esposa andaba compartiendo confesiones (“secretos”) con un “monstruo” peludo, subiendo y bajando desde y del piso de arriba. Automáticamente cuando su marido aparece por última vez en el film, ya había rasurado su barba, pensando que Diane ya habría acabado con el problema de enamorarse de una persona “anormal”.

(2) También existen semejanzas con el trabajo del fotógrafo Alberto García Alix, que ha retratado personajes o personas de la cultura underground urbana, y otros tipos, durante varias décadas en España, desde la perspectiva de la diferencia y su despojamiento subjetivo, al hilo del comentario de este texto.

(3) Hay que advertir que el término camp es más adecuado para hacer referencia a una actitud cultural, aunque la psicología de Diane a la que tal vez se hace referencia en el film, bien podría pertenecer a una  postura inaugural de la radicalidad de posicionamientos al frente de un sentimiento emocional sometido a las convenciones de la hipocresía: la artificialidad de las instituciones sociales en la época en la que se desarrolló el matrimonio de Diane Arbus; la misma miseria sentimental convencionalmente establecida, le pudo haber llevado a otra miseria, en este caso no aceptada. Aquí es cómplice de una actitud rebelde debida a la decepción sobre una sociedad determinada.

La sensibilidad camp, de tendencia hacia lo exagerado, lo artificial y lo no natural, propia de nuestra época, de origen cultural reducido cuando surgió, y difundida por medios artísticos en general (hoy por los mass media), sería propia del apego por la máscara, la cual es la imagen de una sociedad derrotada, fracasada. Sería la sensibilidad de ser consciente de la destrucción de la cultura y el abandono a esa corriente de claudicación, aferrándose pasivamente a los vestigios de lo humano, o su seudónimo teatral (comedia y drama, nunca tragedia), que vendría a ser la máscara vital. Tendría dos interpretaciones según José Corredor-Matheos en el Diccionario del Arte Moderno (dirigido por Vicente Aguilera Cerni, y editado en Valencia por Fernando Torres el año 1979). La primera se muestra, no deliberada, no consciente, insertada en un artificio cultural superfluo, extravagante, extraordinario, que se afianza en una autodestrucción o autodevastación de los valores de la cultura establecida (su fracaso, su pérdida), como pureza de su salvación. Sería la parte más inocente, más pura o ingenua. La sensibilidad consciente, deliberadamente camp, subvierte, mediante la marginalidad, lo anti-institucional y su anti-jerarquía, con las armas del refinamiento y de los desechos de la misma cultura, la tradición de los valores culturales aceptados. No obstante, inconscientemente y en general, de nuevo, existe un ansia inocente para  poder despojar de adorno y superficialidad -desde una anarquía aristocrática, o rebeldía complaciente con la cultura de masas-, lo que ellos critican, sintiéndose afines a su vez a lo que ellos gozan de rechazar, siendo causa y efecto de la propia devastación de esa cultura y sociedad gastada, en crisis.

(4) Sobre esta cuestión del desnudo es interesante mostrar que el cuerpo humano “otro” -por llamarlo de una manera eufemística- no puede ocultarse, por ello se continua con el nexo de la corriente de “lo desnudo”, puesto que al observar el físico deformado, se sigue viendo al ser humano, de ahí que exista una posibilidad de introducirse en una espiral recíproca sobre la belleza y lo siniestro evidente, que lleva al camino de la autenticidad humana.

(5) En palabras de Beatriz Preciado: “Se trata… de un movimiento post-identitario: “queer” no es una identidad más en el folklore multicultural, sino una posición de crítica atenta a los procesos de exclusión y de marginalización que genera toda ficción identitaria. El movimiento “queer” no es un movimiento de homosexuales ni de gays, sino de disidentes de género y sexuales que resisten frente a las normas que impone la sociedad heterosexual dominante, atento también a los procesos de normalización y de exclusión internos a la cultura gay: marginalización de las bolleras, de los cuerpos transexuales y transgénero, de los inmigrantes, de los trabajadores y trabajadoras sexuales…” En: Parole de queer

Hay que mencionar que, como indica B. Preciado, la identidad queer es post-homosexual, post-gay, es decir no ensamblada en el reducido discurso gay-lesbiano, y extensible más allá, en la identidad no limitada a los discursos normativos. De este modo habría capacidad crítica, algo que se pretende enunciar e incentivar en este texto y en este blog.

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