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La voluntad de creación y acción, en el espíritu nórdico y meridional

Los paisajes secos del Mediodía, su transparencia, las líneas sobrias y precisas que los inmovilizan en la inteligencia y hacen nacer en nosotros ideas claras y relaciones esenciales, permitieron a los grandes italianos dar una interpretación intelectual de la naturaleza que, desde los escultores de Egipto a Miguel Angel y de Fidias a Tiziano, sólo ha cambiado de apariencia, y tiende a resumir la vida universal en la forma humana tan purificada como el espíritu de los accidentes que les estorban y las imperfecciones que los rodean. La confusión inundada de bruma y sumergida en hojas de los paisajes del Norte, que hace entrar en nuestra inquietud vagas sensaciones donde se encabalgan imágenes incapaces de organizarse en ideas, abrió a los artistas de los países septentrionales las puertas de un misterio donde las formas flotan y se buscan, prohibiendo al sentimiento eliminar y escoger. Los unos, reduciendo la naturaleza a una armonía voluntaria, elevan el hombre hasta Dios; los otros, mezclaban al hombre con la vida general, considerando la naturaleza como una sinfonía ciega en que la conciencia se ensombrece en el vértigo de los sonidos, de las formas y de los colores. De ahí la exaltación espiritual de los que, para aprehender mejor el destino superior del hombre, olvidaban su miseria y su propio sufrimiento y lo veían ascendiendo siempre; de ahí la humanidad de los que, cada vez que se inclinaban sobre el hombre, lo descubrían envuelto en la fraternal marea de la materia, de las ideas y los movimientos. El antropocentrismo de unos, el panteísmo de otros han otorgado a nuestro espíritu los dos polos de su fuerza, entre los cuales tal vez está condenado a marchar eternamente, pero donde al mismo tiempo obtiene, con el deseo y la duda, la voluntad de la acción.

¡Y qué importa la duda, qué importa que el deseo no se apague nunca! ¡Qué importa el sufrimiento de sentir escaparse a cada instante esa verdad monstruosa que creemos tener a cada instante y que nos desborda sin cesar porque vive como nosotros y la creamos cada día para condenarla a morir por el solo hecho de que la arrancamos de nosotros mismos! ¡Qué importa que se oigan de vez en cuando voces desgarradas que digan que nunca lo conoceremos todo! Es nuestra gloria. Cada vez que nos ponemos manos a la obra, lo sabemos todo, puesto que, en el instante creador, todas las fuerzas vivas del mundo confluyen en nosotros, que las convocamos y resumimos par iluminar nuestro espíritu y dirigir nuestra mano. Si amamos el Renacimiento con tanto entusiasmo, es porque ha consentido en sufrir para extraer de la noche esas verdades en movimiento cuya fuerza creativa nunca agotada apenas comenzamos a entrever hoy, porque son solidarias con todas las verdades que fueron y con todas las que serán.

Elie Faure, Historia del arte, 3. El arte del Renacimiento. Introducción a la primera edición de 1914, Madrid, Alianza, 1991, p. 22-23.

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