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La vocación

La vocación es el imperativo de lo que cada cual siente que tiene que ser, por tanto, que tiene que hacer para ser su auténtico yo….

Como cosa archihumana, las vocaciones son susceptibles de cultivo, de cultura, y a lo largo de la historia se han ido depurando, afinando, enriqueciendo. De aquí la modificación de los estilos, sus avances y retrocesos y estancamientos. Las vocaciones con la mayor frecuencia son vulgares, es decir, que muchos de entre los hombres tienen la vocación de ser vulgo: de ser el médico cualquiera, el pintor cualquiera, el donostiarra cualquiera, y, en fin, el hombre cualquiera, el uomo cualumque. Pero otras, en cambio, no sólo no son más o menos originales porque lo son los valores que prefieren, sino que entre éstos destacan uno, el más abstracto de todos, el más formal y con menos materia y perfil, el cual, no obstante, es, a mi juicio, el que diferencia a los hombres en las dos clases más radicalmente distintas que pueden imaginarse. Me refiero a ese imperativo que algunos hombres sienten de ser mejor, se entiende, de ser siempre mejor de lo que ya son, de no vivir jamás en abandono y a la deriva de los usos en torno y de los propios hábitos, sino, por el contrario, exigirse a sí mismos y de sí mismos siempre más. Es, por excelencia, el imperativo de la nobleza del alma –noblesse oblige– y esto significa que poseer auténtica calidad de nobleza es sentirse a sí mismo no tanto como sujeto de derechos cuanto como una infinita obligación y exigencia de sí mismo ante sí mismo. Porque es ineludible que no hay cosa -ni la más sencilla y cotidiana- que no se pueda hacer de dos maneras, una mejor y otra peor, y los que tienen esa vocación de propio mejoramiento, ante todo acto se hacen cuestión de cuál es su manera mejor. Seres de enérgica y lujosa vitalidad, no les basta con ser, sino que necesitan ser más, es decir, ser mejor, y entienden por vivir exigirse; imperativo de verdad caballeresco, porque quien a él va sometido es, a la vez, corcel y espuela. Y no importa la condición social en que el individuo se halla ni cuál sea su oficio u operación, porque en todas cabe el buen estilo frente al malo. Trátese de un artista o de un comerciante, de un técnico o de un militar, de un sabio o de un analfabeto, de un patrono o de un obrero, de un hombre o de una mujer…

José Ortega y Gasset, Velázquez, Madrid, Espasa Calpe, 1999, p. 114-16.

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