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Velázquez en Ortega y Gasset

Eduardo Beltrán Jordá

Velázquez, que según los que le conocieron, era de temperamento melancólico, no creía que los valores convencionalmente loados -la belleza, la fortaleza, la riqueza- fueran lo más respetable del destino humano sino que más allá de ellos, más profundo, más conmovedor se hallaba  el valor -más bien triste y aún dramático- de la simple existencia.

El ‘naturalismo’ de Velázquez consiste en no querer que las cosas sean más de lo que son, en renunciar a repujarlas y perfeccionarlas; en suma, a precisarlas. La precisión de las cosas es una idealización de ellas que el deseo del hombre produce.

(José Ortega y Gasset, Velázquez, Madrid, Espasa Calpe, 1999, p. 230-34)

Retrato de desconocido (Velázquez)

FelipeIV

“Felipe IV” (Velázquez)

***

La magnífica ‘percepción filosófica’ de Ortega, nos aproxima a una idea estética (y por extensión, ética), alrededor de la pintura y figura de Velázquez. Una idea que pudieron haber observado en Velázquez pintores como Manet, y que como señal, se indica en la referencia -cita- a ‘Los borrachos’ velazqueños, en el retrato del escritor Emile Zola que realizó el pintor francés. Una idea que consistiría en tomar consciencia de que la pintura velazqueña sería realista por propiedad reductiva en lo formal, entendiendo con ello la decidida supresión de las ideas formales -compositivas, cromáticas, dinámicas, estáticas- mostradas por el idealismo de la ejecución formal/ista -y su “precisión” en cuanto a pathos y dinamismo- a partir del Quinientos, en la pintura europea manierista, italiana, principalmente.

Es decir, para Ortega, la pintura de Velázquez tiene que ver en gran medida con una actitud limitadora de lo visual -determinar lo que es, en un sentido nada peyorativo-, y por extensión, podremos entender que fuera ésto, la reducción de las ideas a lo que aparece, aquello que atrajese a Zola y Manet para confeccionar sus escritos y representaciones sobre la simplificación de la vida en trazos pictóricos y narrativos, sus materiales empleados para tal empeño.

Tampoco es de extrañar que Cèzanne tuviese contacto con Zola, e inquietudes similares sobre la realidad o todo aquello que se trata de concretar, acción que, por cierto, le llevaría a ser admirado por el Picasso cubista -esencialista geométrico pero también sincrético objetual-, que abrirá la brecha de toda la vanguardia moderna hasta la abstracción de la pintura expresionista norteamericana, vía realismo simplificador y visual, donde representación y significación son desgajadas de modo completo y radical. Este realismo es el más complejo de entender, aquel que, atendiendo a lo concreto geométrico, lo matérico y gestual, se convierta en informalismo y abstracción, puesto que se trataría de dar preponderancia al signo sin significado.

La lectura del libro sobre Velázquez de Ortega y Gasset, garantiza al menos una luz más contemporánea sobre la iconografía patriótico hispánica del Siglo de Oro, y frente a los ineludibles referentes culturales sobre lo español, porque en primer lugar, el pintor andaluz antecede la pintura moderna a través de los rasgos de simple apariencia de lo visual, pura visualidad y pintura pura. Pero además, conforme a los textos indicados al comienzo de esta entrada, lo que lo hace mucho más sugerente para un entendimiento más contemporáneo, es el plano ético de su estética.

El “naturalismo” y la “simple existencia” son valores, por una parte, de lo que pertenece a lo mejor de una cultura española, que intelectualiza la ruda sobriedad castiza, y por otra parte, más adecuados a despojamientos de lo innecesario en cuanto a una actitud más desnuda frente a condiciones vitales e inclusive espirituales. Sencillez, sobriedad y si queremos parquedad psicológica o filosófica, son tal vez ideas de “renuncia positiva” en tiempos actuales para poder confluir con la entropía y minusvalorar el deseo.

Si entendemos que Ortega nos da pie a reflexionar sobre la capital aportación de Velázquez a la pintura barroca, al arte y la estética fundamentada en la supresión del formalismo ilusorio italiano manierista, para incorporar la figuración natural y la materia real a los cuadros, podremos llegar a la comprensión de pintores informalistas españoles como Manolo Millares y Antoni Tàpies, en los cuales aquello de “no querer que las cosas sean más de lo que son” (1), en palabras de Ortega sobre el pintor Velázquez, se ha transformado en “nihilista” muestrario compositivo de texturas matéricas y gestos formales concretos.

                                                                        ***

(1) Existe una coincidencia evidente entre este pensamiento de Ortega, y lo que opina el pintor Antonio López sobre Velázquez. Lógica, teniendo en cuenta la propia pintura de A. López. Extraordinaria, si notamos la similitud del pensamiento ético que logran ambos intuir de y desde la pintura. El primero fuera de la pintura y el segundo dentro de ella.

Si Ortega comenta como clave en la pintura velazqueña un naturalismo veraz sin precisiones ni perfecciones, Antonio López determina como “fascinante su devoción por lo real, sin trasformarlo, ni interpretarlo ni subrayarlo, sólo acatándolo. Velázquez no deja de contar con lo real. Está siempre disponible […] Su mirada es libre y respetuosa porque es respetuosa con todo. Porque todo le parece ‘el mundo’ […] Velázquez siente ese respeto por la realidad tal como se manifiesta y la acepta sin juzgarla ni querer intervenir. Esa es su grandeza”.

Antonio López compara sutilmente la pintura de Velázquez con las técnicas pictóricas de otros maestros, cuya manera de pintar se asimilaba -o se basaba- en los antecedentes estilísticos velazqueños, es decir, principalmente, luz naturalista y trazo suelto o no delineativo. Dice así: “La diferencia con Manet es que en su obra se ve todo el ruido de la técnica. Aparece. Y aquí  [En Velázquez] no se ve la técnica. Tienes que acercarte mucho para ver el movimiento del pincel. Cuando te alejas, solo ves la figura. En cada obra logra que la estructura no sea visible”.

Y sigue: “Velázquez afronta a su vez la solución de las formas reales no con desparpajo, pero sí con gran poderío. No le cuesta. Da la sensación de que no le cuesta. No es como Sorolla, que a veces abusa de su poder. Velázquez nunca abusa de su poder. Él siempre siente, se sitúa, reacciona a lo real de una manera amorosa, agradecida, sin imponerse nunca. Acepta la realidad. Para él lo importante es el hombre que está ahí delante, respirando, que está pensando, que se mueve, que se va a levantar y se va a ir, que parece que te está leyendo los pensamientos… Por eso, la pintura no aparece en exceso en las obras de Velázquez -como pasa con Manet-, para que ese hombre no deje de estar ahí, enigmático. Qué belleza.”

(Opiniones recogidas de la entrevista a Antonio López por Diego Bagnera, aparecida en el magazine El Semanal el 6 de octubre de 2013. El motivo de la entrevista fue la visita a la exposición “Velázquez y la familia de Felipe IV“, en el Museo del Prado).

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2 pensamientos en “Velázquez en Ortega y Gasset

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