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“Entierro de Santa Catalina de Alejandría en el Monte Sinaí” (Francisco de Zurbarán y Salazar)

“Entierro de Santa Catalina de Alejandría en el Monte Sinaí”, (Francisco de Zurbarán y Salazar, antes de 1630)

Eduardo Beltrán Jordá

Zurbarán padre, es uno de los hitos de la pintura europea y española del Seiscientos (siglo XVII). Formalmente es majestuoso e ingenuo, al mismo tiempo; por su plasticidad volumétrica y escultórico monumental, y sus taras formales espaciales (deformaciones en escorzos de las figuras y desajustes en la perspectiva) (1); por su especial finura en la pincelada y sus rostros de piadosa bondad espiritual; por su cromatismo, diríase que sobrio y pulcro en su armonía.

Zurbarán, parece representar una especie de quietud religiosa (quizás mejor sería escribir “quietismo” del alma, desde un punto de vista osado) ligada a otra clase de estatismo matérico: una aplicación minuciosa  de la pincelada, poco cargada de espesor plástico, que sin embargo parece traslucir la robustez sencilla de la belleza del corazón, en las calidades materiales y formales.

Por tal razón representativa, no es una casualidad que Francisco de Zurbarán posea el renombre de pintor de la religiosidad católica -tanto da que fuere ascética o dogmática-. No es ello obstáculo para que sea esencial recibirlo -“percibirlo intelectualmente”- con especial dedicación, por su calidad pictórica y su trascendencia en la cultura visual del alma, en los museos de todo el mundo.

Zurbarán tuvo la virtud técnica de un divino Rafael, del naturalismo claroscurista de la escenografía barroca europea (Caravaggio, Ribera); pero, si se me permite la comparación, la fragilidad formal naïve -espontánea o ensayada tanto da-, de un Picasso, un Modigliani, un Miró, un Gauguin, un Rousseau. Escoger o unir: formalismo de la tradición pictórica europea, religiosa; o autonomía de la creatividad contemporánea, del artista-individuo con capacidad de respuesta ambigua, ante el dolor y la expresividad de una “ética del alma”, sin religión.

¿Qué importancia tiene la representación de “mitos” religiosos en nuestros días? ¿Podemos, actualmente, sentir los colores de un alma en la castidad de un corazón?

¿Se alegoriza, en esta pintura, una sabiduría ético-espiritual, o se narra una virtud religiosa? Sabemos que Santa Catalina ha trascendido al “Reino de los Cielos” por su representación de los símbolos de la santidad -el rompimiento de cielo áureo y los ángeles que la trasportan al sepulcro, los signos de la tortura-, no obstante, a parte de entender la descripción del relato religioso, ¿podemos pensar que tenemos capacidad visual para observar cromáticamente una metáfora de la virtud sencilla, bella por su bondad y fidelidad abnegada? ¿De verdad necesitamos las enseñanzas religiosas para entender la filosofía perenne (2) que atesoran las pinturas -del barroco zurbaranesco en este caso- en la historia del arte cristiano y religioso?

Algo del no espacio intemporal en Zurbarán, junto a su reposada y robusta rotundidad volumétrica, y su estatismo cromático, hace pensar en esa quietud del alma, o en la belleza y bien del corazón, que podemos observar en sus santas, en sus ángeles.

                                                                   ***

(1) Al respecto J. Aliaga comenta: … son evidentes las limitaciones plásticas que se manifiestan en sus obras en determinadas ocasiones y, al mismo tiempo, e incluso en las misma obras, estas limitaciones van unidas a calidades extraordinarias.” (GARÍN, F., dir. (1995), Zurbarán, Aldeasa / Tf. Editores, p. 4.)

(2) El tradicionalismo (Frithjof Schuon, René Guénon, Ananda Coomaraswamy, Titus Burckhardt) de una parte de la denominada Filosofía Perenne, observa en el arte naturalista occidental religioso -a partir del siglo XIII- una pérdida incuestionable de las características del arte sagrado antiguo medieval, tanto oriental como occidental; aquellos fundamentos que imponen dogmáticamente que el arte religioso participa -de modo platónico- de la esencia de Dios, los santos, Âtman, las divinidades, o pertenece a la comunicación religiosa de lo sagrado, siguiendo las directrices de las tradiciones religiosas y místicas, consideradas como las verdaderas fuentes de lo divino. Pero el tradicionalismo es más dogmático que el propio arte religioso cristiano a partir del gótico, y en consecuencia, la pintura barroca ni siquiera entraría a formar parte del arte sagrado.

Curiosamente, el arte de Zurbarán, a nuestros ojos actuales tan católico y religioso, ni siquiera expresaría nada -según el tradicionalismo severo del concepto de arte sagrado dentro de la tradición de las religiones- de la comunicación directa de Dios. Lo cual quiere decir, que las metáforas del amor (la belleza y el bien, la “kalokagathia” griega, la beatitud), a la que me refiero en cuadros como el representado, trascienden la integridad innegable dentro de cualquier religión (y cualquier lectura histórica, literal, mítica, teológica, moral …), y a su vez transmiten mediante la técnica, el cromatismo y el formalismo -sin olvidar nuestra recepción-, muchos datos de lo que la filosofía perenne considera como espiritual y humano, y que pertenece a los mensajes de las religiones, pero éstos no necesariamente son ni el mejor ni el único medio para su entendimiento, y que existen entre las percepciones sensoriales, intelectuales y sentimentales de artistas y creadores, modos y maneras de saber “saborear” lo espiritual, entendido éste como la suma de varias capacidades humanas; y en efecto no pertenece únicamente a lo sagrado y lo religioso, porque, entre otros casos, desde el siglo XVIII, y desde Diderot, se abre dicha posibilidad.  

Se trataría de desvincular lo religioso histórico-teológico de sus posibilidades alegóricas y analógicas, sapienciales o espirituales, ya que la religión católica, en concreto, nunca ha dejado claro qué lenguaje debíamos entender en las Sagradas Escrituras. Tampoco se trataría de ser fiel a la Historia del Arte que está ligada a la Historia de las Religiones, para explicarlas mejor.

Un pensamiento en ““Entierro de Santa Catalina de Alejandría en el Monte Sinaí” (Francisco de Zurbarán y Salazar)

  1. Pingback: “La huída a Egipto”, Francisco de Zurbarán (1598-1664) | Idios Greco

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