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Manolo Hugué, escultor.

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Eduardo Beltrán Jordá

Manolo –con este nombre ha pasado a la historiografía del arte-, nació en Barcelona en 1872 y murió en Caldes de Montbui en 1945. Formado profesionalmente en la Barcelona modernista de finales de siglo XIX, pasó a frecuentar la bohemia parisina desde 1900 hasta 1910, contactando con el arte antiguo de los museos parisinos, y con las innovaciones culturales y artísticas que estaban naciendo en esa primera década del siglo XX en París, como el cubismo eclosionante de Picasso. Algunos de las artistas amigos de éste -como André Derain o Max Jacob– fueron alentadores de esta renovación artística.

Trayectoria artística vinculada a una realidad honesta e inmediata

A partir de 1910, trabajó en Ceret -en el sur meridional francés- para buscar su propia dirección creativa, inmerso en zonas rurales que motivarían su relación con una realidad, honesta, inmediata, reflejada en los volúmenes escultóricos de sus modelos figurativos. En plena madurez de su creatividad, volvió a Cataluña –al Vallès Occidental- para desarrollar sus tipos iconográficos desde unas circunstancias de mediterraneidad cultural rural, afines con las que trabajaron otros escultores amigos suyos: Aristide Maillol (1861-1944) en Banyuls (Francia meridional) y Apel.les Fenosa (1899-1988) en El Vendrell (Tarragona, Cataluña).

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Precisiones sobre su figura

“La vida subyugando el pensamiento, sin ahogarlo”. Así definía Narcís Comadira la personalidad artística de Manolo Hugué como un artista de sensibilidades e intuiciones espirituales, observables en las características de sus esculturas. Lo hacía en el catálogo Manolo Hugué. Als cinquanta anys de la seva mort (Barcelona, Columna, 1995) editado con motivo de una exposición conmemorativa del escultor catalán, en la Sala d’art Artur Ramón de Barcelona.

En el mismo libro Montserrat Blanch concluía sobre sus características artísticas: “Puede situarse entre un expresionismo muy personal y un naturalismo idealizante que modifica las formas,… que están sugeridas por el modelado y por el geometrismo de los volúmenes”. Especificaba sobre cierto dualismo entre características tangibles e intangibles: “En sus esculturas se traslucen, frecuentemente, detalles que nos lo revelan como un pensador con elementos poéticos, como un artista de una profunda espiritualidad y de una capacidad de observación analítica, que lo lleva a estudiar los temas a fondo”.

Las formas vitales y reales junto a las formas expresivas de la sobriedad espiritual

M. Blanch expone que el artista estuvo ubicado entre lo real y lo ideal, entre la razón de las formas y el sentimiento del espíritu, es decir, que aquellas materializaciones plásticas y formales que realizó, sostuvieron y fortalecieron su reflexión espiritual auténticamente propia.

Manolo estuvo asimilado a dos constantes. A los condicionantes conceptuales relacionados con la tierra, lo vital y lo material (las terracotas, los bronces); y a las vinculaciones más allá de la naturaleza, hacia las intuiciones espirituales más indeterminables: la solidez de la humildad y la “rudimentariedad” de la sencillez. Ambas dimensiones se unifican en sus volúmenes robustos, delimitando un espacio de fortaleza moral e ingenua, ya fuera en la temática mediterraneizante (las figuras femeninas), hispanizante (toreros, bailarines de flamenco), o ruralizante (bueyes, tipos campesinos).

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Los valores de “originalidad moral” en los “arcaicismos mediterraneistas” frente a los valores racionales

Manolo participaría de una revisión moral-espiritual, latente en el arte de principios del siglo XX en Europa. Percibió su voluntad creativa y estilística cercana al origen de la cultura mediterránea -mesopotámico, egipcio, griego-, y semejante a la revisión de la misma desde la modernidad francesa y española en las artes plásticas durante el primer tercio del siglo XX. Digamos que se incorporaría a una línea de continuidad bajo la inspiración del primitivismo no europeo y “negro” que Gauguin estableció por primera vez, en pintura y escultura, seguido por Picasso y Matisse.

Pero Hugué -junto a escultores noucentistas como Enric Casanovas (1882-1948)-, recuperaría los recursos formales más arcaicos (el sintetismo geometrizante por ejemplo) del arte griego y su “espíritu clásico”, para incorporar al arte nuevo del siglo XX, los mismos valores de fuerza estructuradora y pureza que caracterizaban a este período antiguo. Una actitud contemporánea que, de esta manera, revitalizaba con valores -moralmente-, a la cultura europea.

El arte nuevo (y a su vez antiguo) del escultor Manolo Hugué, incorporó la voluntaria autenticidad moral, y su vitalidad creativo-expresiva, propia, que es al mismo tiempo de la cultura mediterránea, volviendo, de esta manera, a los orígenes arcaicos de esta tradición.

Un pensamiento en “Manolo Hugué, escultor.

  1. Pingback: El escultor Manolo Hugué: el volumen innato | Idios Greco

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