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“La huida a Egipto”, Francisco de Zurbarán (1598-1664)

“The Rest on the Flight into Egypt”, ca. 1638-40, Francisco de Zurbarán (Spanish, 1598–1664), oil on canvas, 59 1/16 x 62 5/8 in., Partial and promised gift of Barney A. Ebsworth Collection, 2011.36, Photo: Courtesy of Agnew’s Gallery, London. Currently on view in European Masters: The Treasures of Seattle, special exhibition galleries, fourth floor, SAM downtown.

Eduardo Beltrán Jordá

La imagen nos indica una representación del pasaje evangélico, la huida a Egipto de la Sagrada Familia. Un modelo iconográfico (1) adecuado a la pedagogía de la sencillez mostrada en los santos personajes. Para entender esta enseñanza, la disposición representativa se organiza en un centro de interés, que es la visualización exenta de las figuras sagradas en su tránsito, situándolas en primer plano del cuadro y ocupando todo su espacio, limitando el paisaje de la geografía descrita en la narración (diríase la situación espacial) como accesorio y lejano, a la parte superior derecha de la composición.

Es curioso que hoy en día, aun parezca  servirnos, tanto compositiva o estéticamente, como devocionalmente, el tratamiento artístico de la tradición pictórica religiosa, principalmente desde la consecución espacial  del natural, a partir del siglo XIV. Es decir, aquella representación de lo importante, que traslada en imágenes lo que se mencionaba en las escrituras evangélicas, con el fin de educar mejor. La iconografía era un apoyo instructivo fundamental, sobretodo desde la Contrarreforma conciliar de Trento, en 1545. En nuestro ejemplo particular, el arte seguía sirviendo para mostrarnos lo esencial: el trasiego realista, la humildad real, de la familia de Nazareth (santa para la religiosidad cristiana católica) tan adecuadamente tratado por el pintor Zurbarán en su plasticidad.

El modo de trabajo en la pintura de Zurbarán, asume el procedimiento claroscurista del italiano Caravaggio (2)  –el modelo de proceder en la pintura, más determinante, desde la invención del óleo en el siglo XIV: el tenebrismo–. Ello permitió a la pintura europea del siglo XVII -sobretodo la católica, española e italiana, las dos sumadas a los postulados contrarreformistas-, que las representaciones religiosas, se organizasen en teatros vivientes, con luces en ocasiones inverosímiles por su procedencia artificial (obsérvese en la segunda imagen, de qué manera se iluminan las figuras desde la izquierda, como si se tratase de un foco de luz escenográfica), que contrastaban sombras y claros, incrementando la atención sobre las figuras y los objetos materiales; todo ello con el objetivo de provocar un engaño sensorial, visual, perceptivo, de verosimilitud física y presencia real, para conmocionar, en la piedad y la devoción.

Zurbarán ocupa el mejor lugar de la pintura española barroca, junto a Ribera, Murillo, Velázquez o Alonso Cano, porque su maestría y oficio se caracteriza por el dibujo delimitativo, el volumen monumental (matérico, geométrico) de las formas y calidades materiales representadas, los colores muy sobrios, y las expresiones y gestualidad de honesta y sencilla espiritualidad. Las características de simplicidad y humildad son propias de una verdad religiosa (cristiana y católica), pero que, por encima de ella, son de la profunda sabiduría en la vida y el espíritu del ser humano. Ambas, religiosidad y sabiduría, al final se entienden bajo el significado armonizado de comunión-unión, o la comprensión consciente de inmanencia y trascendencia como unidad.

“Huida a Egipto”, F. de Zurbarán (imagen 2)

                                                                     ***

(1) El modelo presentado aquí es el del cuadro depositado en el Seattle Art Museum. Existen muchas variantes tipológicas del taller o del mismo autor, en la obra zurbaranesca, puesto que mucho trabajo de copia por encargo se exportaba a América Latina, al mercado colonial.

La importancia de un taller propio de un maestro pintor, es clave y muy relevante para entender el volumen de demanda y trabajo de los pintores en la tradición pictórica hasta, prácticamente, el siglo XIX. Particularmente, en el taller de Francisco de Zurbarán, su hijo Juan consta que fue su ayudante. Trabajaron en Sevilla -en mayor cantidad- para corporaciones, particulares, parroquias, ordenes religiosas (las que le dieron fama) tales como mercedarios descalzos, jesuitas, franciscanos, dominicos, carmelitas, cartujos y trinitarios.

La segunda imagen es otra variante respecto del modelo del Seattle Art Museum, con sutiles diferencias, sin que tengamos conocimientos de cual sería el original. Pero el color no es el real, pues está demasiado oscura.

(2) Según Antonio Palominose recogen influencias en Francisco de Zurbarán de algún discípulo de Luis de Morales -discípulo a su vez de El Greco- y Juan de Roelas (sin constancia documental). Asimismo, a parte de Caravaggio, influencias estilísticas de Herrera el Viejo, Sánchez Cotán, Ribalta y Ribera. A partir de sus trabajos en la corte madrileña (contrato en 1634) para el Salón de Reinos, suaviza cromáticamente su estilo, italianizándolo -el clasicismo de Guido Reni fue determinante en el Madrid de la época-, y alejándose del tenebrismo, coincidiendo con encargos para el mercado americano, e incorporando ciertas características cortesanas -retratísticas- en su última etapa, por contacto con Velázquez a partir de 1650, en Madrid.

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