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De óxido y hueso (“De rouille et d’os”, Jacques Audiard, 2012)

Director y protagonistas en Cannes 2012

Director y protagonistas en Cannes 2012

La robustez y la rudeza en este nuevo retrato de Jacques Audiardayuda a no perder de vista su sentido de la honestidad y la franqueza. De óxido y hueso es otra nueva representación sobre la masculinidad de baja clase social en Francia. Audiard en este film, trabaja la contundencia temática y técnica, junto con un lirismo contenido, en ocasiones silencioso y melancólico. 

La película es una historia convencional de un padre joven cuya insensibilidad -apática- parece definirse en el comentario calificativo, “manos frías”, que le repite su hijo. Su voluntad y deseo consiste en pelear y boxear en la calle o de modo clandestino (1), para ganar dinero rápido, y al final de la película, es capaz de llorar después de una amenazante catarsis, provocada por el límite entre la vida y la muerte de su vástago. 

A pesar de ser unas “manos contradictorias”, que resultan ser comprobación de una manera de vivir, agresiva o entregada, por momentos intermitentes, son capaces de ser transformadas, es decir, aquellas manos que sirven para herir, sirven para amar o salvar. Unas manos quebradas por el accidente de su hijo, que lograrán éxito profesional, mostrándonos la sensación de que el protagonista pasa de la desorientación compulsiva a la comprobación de encajar en el puzzle social.

La desatención y descuido psicológico o emocional con el que se relaciona Ali -el protagonista masculino que realiza Matthias Schoenaerts-, con su hijo Sam -protagonizado por Armand Verdure-, parece no ser nunca consciente, hasta que el niño desaparece bajo la gruesa capa blanca de un lago helado. Así será tal y como se transforma la fuerza física de Ali, en herramienta útil para la protección de su muchacho, y la primera ocasión para tener un sentimiento verbalizado de afectividad, de sensibilidad emocional.

De óxido y hueso es una historia más sobre un proceso de adquirir consciencia desde la masculinidad ingenua -ignorante también-, de naturaleza básica e instintiva. Aquella que tiene como elemento característico el sentido de lucha, y la protección. Para Ali, pelear físicamente es un entretenimiento e ilusión consciente, como impulso de vida, y el amparo, es a penas consciente o racionalizado. Pero el último trabajo de Jacques Audiard es también la historia de un logro: la trayectoria moral, hacia la ejecución práctica -provechosa, orientada y satisfactoria- de una energía primaria.

Ali peleando

Ali peleando

Ali convierte una fuerza constante, intensa, recia y desequilibrada a la vez, en un título de campeón de boxeo profesional. Consigue dar un paso de la insensibilidad a la emotividad; alcanza una visión más completa sobre su vida. Lo comprobamos en la relación que establece con Stéphanie. Una chica minusválida debido a la mutilación de sus extremidades -protagonizada por Marion Cotillard, cuyo proceso de mutilación “digitalde las piernas, amerita esta película como sorprendente-, a la que Ali acompañó a casa antes de su accidente laboral, después de una refriega alcohólica nocturna en la cual ella se había enredado, cuando Ali trabajaba de portero-gorila en una discoteca. 

Ali, avanza. Desde acompañar despreocupadamente a Stéphanie en su necesidad mental y emocional, ayudándole -casi sin proponérselo-, a superar psicológicamente el trauma por haber perdido las piernas en dicho accidente, aportándole compañía y cubriendo las necesidades sexuales de su cuerpo mutilado; hasta sentir aprecio por ella. Desde tratar a su hijo con poco tino -sin razones ni afectos-, hasta sacarlo de la muerte segura tras caer y ahogarse en aguas congeladas, en una secuencia elocuente por cómo se comprueba la robustez física modificada en bendición de la naturaleza.

En la película existen tres momentos, secuencias o planos, que nos trasmiten esa misma fuerza de su protagonista masculino, atributo donde el director consigue adecuar el tratamiento de sus películas o parte de su hacer estilístico.

La fuerza emotiva del film de Jacques Audiard, se puede observar después de que Stéphanie haya sufrido el accidente en su trabajo como bióloga -cuidadora de orcas-, cuando en una demostración con público en la piscina, es arrollada por una de las ballenas. Se despierta en la habitación del hospital, sola, pregunta si hay alguien, se despereza, se incorpora de tronco hacia arriba desde la cama, pero se da cuanta que las piernas no le funcionan y cae de la cama mutilada, sin parte de sus piernas de rodilla hacia abajo. Acude su compañera de trabajo y le abraza. En el suelo las dos, la cámara se fija en el llanto de Stéphanie.

Por mucho que se busque este modo de tratar este tipo de secuencias fuertemente emotivas o dramáticas, en un telefilme, no es fácil encontrarlas a menudo, porque la evidencia en filmar el tono dramático de la situación, más naturalista, áspero y franco, la diferencia a esta película, comparativamente, de ligerezas convencionales -muy numerosas y aburridas- en el tipo de películas televisivas.

Los protagonistas

Los protagonistas

Otro motivo de aguda conmoción es el accidente del niño. Por oposición al accidente de Stéphanie -en elipsis- que no podemos ver, éste se intuye cuando Ali deja jugar a Sam sin vigilancia en un lago helado. Corretea, se rompe el hielo, cae en el agua y congelado, pierde el conocimiento. Su padre es capaz de agrietar y destrozar la gruesa capa de hielo a puñetazos, rompiéndose los huesos de las manos para salvar a su hijo. Tal y como ya se ha comentado, la fuerza descomunal aquí se convierte en fuerza positiva, hacia su propia toma de contacto real con sus emociones, y por extensión, con sus errores. A partir de ese hecho, traumático, es consciente que tiene sentimientos: antes nunca les puso nombre.

Hay en determinadas secuencias y escenas del film, un lirismo también potente, que facilita el entendimiento de los personajes y sus caracteres. Una de ellas es el momento cuando Stéphanie se dirige a la piscina donde trabajaba, y desde una de las zonas acristaladas del acuario llama a una de las orcas, apareciendo una desde el fondo, consiguiéndose de tal manera, un plano visualmente muy llamativo. Como si de un entrenamiento se tratara, Stéphanie le ordena -al parecer- determinadas acciones, mediante signos gesticulados. La cámara observa, posicionada tras suyo, pero somos nosotros los que nos asombramos.

Una secuencia que dignifica a una mujer, limitada físicamente, que sabe quién era y que quiere seguir siéndolo. Su propio carácter, que en primer lugar niega la nueva realidad de su cuerpo y su libertad, es capaz de encontrar un nuevo impulso vital. Con Ali ve recompensadas las fuerzas que no tiene y, a pesar de ser una relación poco estable, hay un vínculo que les hace apoyarse y acompañarse. Tal vez en las luchas clandestinas de Ali, Stéphanie sintió la tenaz energía por combatir en una nueva lucha, sin demasiadas normas convencionales, semejante a la que ahora le toca vivir.

***

(1) Es cada vez más frecuente en las ciudades del mundo (algunas de ellas muy pobladas y con índices de marginalidad o delincuencia sensibles, que existan “clubes de lucha” o gimnasios, cuyo propósito es el de emplear para fines lúdicos o deportivos, la necesidad de combatir y pelearse de muchos jóvenes -y no tan jóvenes-, trasladándola de la calle al gimnasio, de lo ilegal a lo legal. Los condicionantes de muchos de estos hombres son determinados por la escasez de recursos o las desigualdades sociales, por la exclusión, inadaptación o marginación social, que originan violencia y modos de actuación al margen de las leyes sociales. Aunque en muchas ocasiones la violencia o la lucha es por elección, y por afición a las artes marciales y de combate. 

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