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“Tabú” de Miguel Gomes

“La reescritura de carácter experimental que el portugués [Miguel Gomes] hace de la última obra de Murnau, aparte de colocar a la estética del cine en el centro de sus obsesiones (respetando, para invertirlos, la división en dos partes del film homónimo de 1931: “Paraíso perdido” y “Paraíso”), se abre a una polisemia de formatos, géneros y significados que convierten el tercer largometraje de Gomes en una pieza mayor del cine contemporáneo, capaz por sí sola de aglutinar sus vacilaciones y estupores.

No es solo que el Tabú de Gomes enlace con emotividad las sensaciones del cine primitivo con el cine del presente, combinando con un extraño encanto atmósferas, contenidos y formas de ‘sentir’ las imágenes bastardas y de descifrar los alcances de la puesta en escena, sino que, como ya hiciera en Aquele Querido Mes de Agosto, propone una limpieza de la mirada y sus expectativas. El preámbulo es un flash de cine mudo cuyo inesperado humor establece la melancolía y la socarronería, la belleza y la extrañeza de Tabú, en un gesto que anticipa lo que la espectadora lisboeta de ese film dentro del film, Pilar, descubrirá del exótico pasado colonialista en la África tropical de su vecina ludópata Aurora. La melancolía lusa y la actitud bressoniana de Manoel de Oliveira en el primer bloque del film da paso así a un enorme, milagroso flashback que desentierra la ‘memoria limitada de los hombres’ y que emerge, poco a poco, como el verdadero propósito de Tabú. Filmado en 16 mm en blanco y negro, con los diálogos silenciados para privilegiar los efectos de sonido y una voz en off relatando un apasionado amour fou de consecuencias imprevistas (el film viene a identificar la semilla de cruentas guerras africanas en un crimen pasional del a burguesía colonialista), el bloque ‘Paraíso’ reconstruye la memoria del trágico amor adúltero entre Aurora y un bohemio buscavidas. En un relato donde se agolpan todo tipo de detalles novelescos (un cocodrilo ‘triste y melancólico’, la mejor cazadora del mundo, un grupo musical en los albores el pop, el contexto de magia africana), Gomes yuxtapone discursos formales que van desde la revitalización de los viejos melodramas al slapstick y la sublimacón pop, vehiclados en una epopeya romántica propia de un viejo folletín. No son estrictamente las sensaciones del cine mudo las que persigue el portugués, sino una forma de narración, unos códigos visuales que se conjugan como lo hacen los recuerdos y la melancolía. La historia de las imágens avanza en paralelo con los ultrajes perpetrados por el colonialismo europeo en el paraíso africano.”

REVIRIEGO, C. (2012), El paraíso y los inframundos. 62º festival Internacional de Cine de Berlín, Caimán. Cuadernos de cine, 3, 56.

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