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liberalismo (humano)

Atiendes a varias lecturas, todas ellas con un fin: entender algo de lo que nos rodea, algo de cómo estamos actuando -ya no se si- en sociedad. Las unes básicamente a un sustrato personal construido y/o aprendido, y acabas acudiendo a la libertad, al caudal del que se enriqueció una mujer, María Zambrano, capital en el pensamiento filosófico y poético en español.

Mujer, liberal y espiritual (y exiliada, quizás lo más determinante en su experiencia vital y en su reflexión filosófica). Nada de “feminista”, “conservadora” y “religiosa” (en todo caso cristiana). Calificativos posibles que podrían procurar tendenciosos inconscientes de las derechas o las izquierdas, conservadores o progresistas.

Los orígenes de María Zambrano participan del humanismo cristiano y es mujer entre los seguidores de Ortega y Gasset, que no es poco para la emancipación de la mujer en una determinada disciplina, y en una determinada época. Supo hablar del liberalismo “ilustrado” (s. XVIII), el cual derivó en capitalismo y comunismo, y además creía en el amor como elemento que completara el pensamiento. 

Hay tantísimas lecciones que aprender de María Zambrano…. la sensibilidad y la crítica, la consciencia y la conciencia -políticosocial-, el feminismo pionero e integrador, la espiritualidad y la tradición sapiencial -filosófica y literaria-, la amistad con escritores y artistas latinoamaricanos -otra de las “bastardías” de este país: abandonar intelectualmente la América Latina-; cómo amar a un país intelectual que nunca ama a sus intelectuales…. Es tan fascinante leerla, y tan complejo seguir su pensamiento poetizado, casi imaginativo, desde la tradición bíblica, filosófica…

Me interesa destacar la actualidad que puede tener la síntesis de libertad y amor para los futuros gestores de nuestros gobiernos y para una sociedad atenazada por los tabúes y la fuerza que tienen, en el temor y el deseo. Es consciencia integral, “holística”, de unidad; no es sempiterna duda intelectual y vestimenta de relativismo más que posmoderno.

En tiempos tan complejos -y drásticos- en los que nos movemos, su libro Horizonte del Liberalismo (1930) parece hasta ingenuo, pero es fuertemente idealista -no se si utópico-, porque no contenta a nadie, porque lo escribe e imagina una mujer intelectual cuyo razonamiento es subjetivizado y nada dogmatizado. En el último capítulo “Hacia un nuevo liberalismo” escribía así, con su acostumbrada filosofía como ensayo, con matices sociales, éticos, morales, políticos y metafísicos, algunos de los fragmentos (que solamente darán a entender una parte segmentada de dichos matices):

“Amplia es la tarea, pues hay que salvarlo todo. Cultura y democracia. Individuo y sociedad. Razón y sentimiento. Economía y libertad

“La intención, la significación profunda del liberalismo, fue, sin duda, la liberación del hombre; representó la máxima confianza, la fe más intensa en lo humano y, al mismo tiempo, la exclusión más absoluta de todas la fuerzas no humanas. En consecuencia: soledad; soledad del hombre frente al inmenso mundo. Es el aspecto más general del liberalismo -que pudiéramos llamar cósmico.

Por eso rehúye la gracia, lo imprevisto, todo lo que es fruto de espontaneidad. Al destacar lo humano, lo privó de un modo total y absoluto de la comunicación con la naturaleza, que crea y sostiene. Y de ahí también su infecundidad.

Sin duda, es ésta una de las causas por las que el liberalismo no ha arraigado en España y el motivo tal vez de que lo haya hecho hasta fundirse con el alma, hasta ser él mismo el alma, en aquellos países que poseen un fuerte sentido pragmático, racionalista; en aquellos hombres que todo lo esperan de sí.”

“Tres orbes distintos,… tres demarcaciones que comparten entre sí la vida del hombre. Mejor dicho, dos orbes o esferas, de las que el hombre recibe un influjo, y otra que él, en independencia, crea.

Y son las primeras la formada por las fuerzas naturales, una; otra, la que resulta del conjunto de los valores que el hombre, aun sin saberlo acata y trata de realizar siempre. El reino de la naturaleza y el reino de los valores; el primero nos trasmite energía y nos acoge maternalmente en sí, envolviéndonos en el fluir de sus vibraciones fecundas. El segundo nos atrae, orientándonos, y nos propone una meta cuya conquista es la misión de la vida.

De estos dos orbes el hombre se nutre, se alimenta para crear su obra; su obra, que nadie sino él podría realizar; su papel en el gran teatro del mundo.

Fácilmente se comprende que, no teniendo libertad el hombre respecto de esos órdenes -para tenerla en absoluto sería menester que lo pudiera sacar todo de sí-, la precise en alto grado respecto al suyo, pues, si no, quedaría paralizado, sin posibilidad de movimiento. Toda creación además, supone libertad, elección de medios. Y así el hombre la precisa para crear esta obra, suya en su totalidad, y dentro de él todos los particulares aspectos que lo integran.

Por eso la política, que es actividad exclusivamente humana, necesita para su desenvolvimiento una absoluta libertad de expresión, y sin ella pierde todo cariz político para adquirirlo policíaco.”

“La economía representa una dependencia del hombre, una necesidad en que se halla de procurar su sustento, algo ciertamente no creado por él, no humano. Reconozcamos esta esclavitud y no nos importe ser esclavos de la necesidad -que, bajo una u otra forma, siempre ha de pesar sobre nosotros- para ser libres en nuestro orbe propio.

Concretando el problema en su descarnada desnudez, tenemos que la economía liberal es insuficiente e inadecuada para la realización de los postulados liberales. Veamos, pues, qué nos es más querido; hay que elegir los postulados espirituales del liberalismo y su economía.

Porque hoy el liberalismo de muchos es el liberalismo capitalista, el liberalismo económico burgués, y no el humano.

En todos los aspectos [del] liberalismo, hemos hallado dos que nos pueden conducir a una solución. Y son, por una parte, su inmenso amor al hombre, a todo hombre, y no a una clase. Esto nos conduce, justamente, a la democracia económica. Aceptémosla. Además que, realizado este cambio económico por los liberales, queda conjurado el gran peligro del materialismo histórico, que nos parece amenaza la cultura.

El otro aspecto esencial a que aludíamos es el amor a los valores suprahumanos, que el hombre encarna en la cultura, la aristocracia espiritual, la libre intelectualidad, que es la esencia del vivir culto. Aceptémoslo también.

Amor al hombre. Amor a los valores. ¡Supremas virtudes del liberalismo! Para salvar el primero hay que renunciar a la economía liberal. Para salvar el segundo es precisa la libertad: libertad de pensar, de investigar, de enseñar.

Libertad -ya lo hemos dicho- que no rompa los cables que al hombre le unen con el mundo, con la naturaleza, con lo sobrenatural. Libertad fundada, más que en la razón, en la fe, en el amor.

Y es que cuando el mundo está en crisis y el horizonte que la inteligencia otea aparece ennegrecido de inminentes peligros; cuando la razón estéril se retira, reseca de luchar sin resultado, y la sensibilidad quebrada sólo recoge el fragmento, el detalle, nos queda sólo una vía de esperanza: el sentimiento, el amor, que, repitiendo el milagro, vuelva a crear el mundo.”

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