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“El lobo de Wall Street” (Martin Scorsese, EEUU, 2013)

 

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Gracias a esta película y las dos de Oliver Stone dedicadas a Wall Street y su entorno, entendemos al broker, al hombre de negocios bursátil (en la de Scorsese también a la mujer) como un modelo ambivalente (¿ambiguo?) del Capital norteamericano: el liberalismo en cuanto a la riqueza desde la tecnocracia económica, y las consecuencias que supone ser un outsider con ese tipo de ambición de vida.Por escribirlo de otro modo: multiplicar/ganar dinero es tan lícito como convertirse en un delincuente haciendo lo mismo; solamente a partir del momento cuando defraudes al estado y a su hacienda, es cuando corres el riesgo de ir a la cárcel. Mientras no ocurra esto, persiste la actividad del despilfarro en base al embuste, a costa del sacrificado, desde el ciudadano sin recursos hasta las grandes compañías empresariales; y la rueda continúa porque siempre hay algo que vender, o está todo por vender, comenzando por un bolígrafo. Si sabes venderlo, sabes crear una necesidad y comienzas a ganar dinero. Este es un tema muy recurrente en la cinematografía de Martin Scorsese. Esa actitud es la misma que le permite relatar el sistema estadounidense (capitalismo) y su reverso (mafias, brókeres): el dinero está en el sistema, y éste produce sus monstruos. De este modo, ya vemos representado cómo es el entramado capitalista en el cual viven los estadounidenses, y por extensión mediática y estructural, buena parte de los occidentales.

En gran parte de sus películas, Scorsese sigue aprovechando para “hablar” de masculinidad, amistad, drogadicción, dinero, y sus correlaciones con el clan. Se trata de la pertenencia a un grupo, no importa que los lazos sean con la mafia neoyorquina de origen italiano (Uno de los NuestrosGoodfellas, 1990-, Casino, 1995), o sean con un grupo de hombres y mujeres que lo que les importa es vivir extrayendo el máximo provecho de la norma liberalizada del mercado bursátil, vendiendo o mintiendo sobre beneficios económicos que no existen (El lobo de Wall Street, 2013). Estos últimos trabajan (y de qué manera) en lo que llaman la burbuja: rentar sobre lo rentable, invisible y volátil, como explica el mentor de Jordan Belfort –Di Caprio–, Mark Hanna –interpretado por Mc Conaughey–, al propio Belfort aprendiz. Por tanto, ¿quién se puede sustraer a la idea de que El Lobo de Wall Street no retrata la pandilla de amigos (amigotes) que siguen jugando a ser chicos malos, desobedientes, excéntricos o megalómanos? El reconocimiento a los Rolling Stones en Shine a Light (2008), puede que se vincule a este supuesto.

El dinero pertenece a una de las evasiones más adulteradas que existen, más incluso que la toxicidad de las drogas que lo acompañan –casi– siempre. Por ejemplo, ¿qué demonios interesa vivir la realidad de la vida de las leyes que representan los hombres que trabajan para el FBI? (véase la secuencia donde Belfort intenta comprar a dos agentes del FBI en su yate). Casi nadie soporta la tiranía de la normativizada sensatez controlada, además de la ambigua jerarquía de lo establecido que engendra su serpiente; sólo se sobrelleva si se inventa de nuevo, sólo si da placer con drogas, sexo y dinero.

Por tanto el establecimiento de la verdad capitalista –fanática–, no tiene cobertura ética para recriminar que seamos libres (libertad es palabra harto ambigua que comprende desde el hedonismo al compromiso), a los que, por ejemplo, trabajamos como portadores de ideas en las retóricas del lenguaje, del cine, la literatura, las artes plásticas, audiovisuales o dramáticas, porque no somos menos libres que los que manipulan la debilidad psicológica de las personas, con el fin de inflar sus egos, fantasías y evasiones, tanto de ellos como de los propios chantajeados. Me refiero a si la calidad ética de la acción sobrelimitada, infligida a la realidad, es consciente y racional, y contribuye a la reflexión, o si afecta a un bien común y aviva la destrucción. De qué manera se debe gestionar ese bien común, es otro tema interesante pero no tiene objeto aquí.

Quizás, poder entender un modo de vida al límite de lo establecido –el clan de los audaces– transformando lo establecido en un artificio, lo proporcione, por confrontación, cuánto de inapelable es la realidad, y cómo las metáforas –que serían secuaces del deseo en esta película–, ejercen como mecanismos de descarga de la misma realidad que tiene una hostilidad casi absoluta. En tal caso la ambivalencia moral/conductual no sería detestable, pues está asumida con la entropía, pero la ambigüedad sí es, cuando menos, execrable. Esta lectura parece reforzar el interés por historias siempre cotidianas y actualizadas –ilegalidad, corrupción– como las que nos facilita Scorsese y la autobiografía del propio Jordan Belfort.

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Me interesa concretar cómo un personaje que mezcla descaro y poder, es a su vez referencia del personaje favorito de Scorsese: el que está electrificado de arrojo, sea cual sea el grado de su obsesión (*). Personajes que construyen su propia realidad dentro de la inmundicia de la realidad (Taxi Driver, 1976) o por encima de ella (El aviador, 2004), para sacar un sentido –aunque sea inconsciente– a cómo vivir. A consecuencia de ello, Scorsese trata de formular cómo se inventa la manera de leer un mundo, en forma de ficciones que son aliviaderos necesarios e imprescindibles para el ser humano, para poder estar/actuar en la realidad. Es la única manera de entender un mundo: haciendo-lo ficción. Scorsese, como tantos artistas inventores (La invención de Hugo, 2011), es indagador de la huidiza (*) realidad del hombre, y ejemplo de retórica antropológica, aquella idea de Blumenberg por la cual deducimos que el único libro donde el ser humano se lee o se explica, culturalmente, donde encontramos nuestra razón de ser discursiva, es en el arte, el cine, la literatura: en la metáfora.

Filmar es la elaboración de un relato (con sus narradores, los personajes, que dramáticamente o creativamente elaboran a su vez sus propios relatos) con el fin de dar salida a la legibilidad del mundo del artista y del nuestro propio, cuyo principal actor antagonista es una realidad –la cual nos dedicamos a pensar– ausente, imperiosa, opresora, silente, devastadora e inoperante.

***

(*) Recojo las palabras “obsesión” y “realidad huidiza” de Antonio José Navarro, en “Martin Scorsese. El cine como pasión; el cine como obsesión” (Dirigido por, nº 397 y nº 398)

2 pensamientos en ““El lobo de Wall Street” (Martin Scorsese, EEUU, 2013)

  1. Muchas gracias por el análisis que haces de la película.
    Cuando sentado en la butaca leí la duración del film estuve a punto de salir huyendo. No lo hice porque ninguna otra sala ofrecía una alternativa. Las que coincidían en el horario de proyección las había visto, otras ya se estaban proyectando y el resto no me interesaban. Resignado me quedé pensando que si me aburría saldría disparado y me senté en la primera butaca de la última fila para no molestar.
    Nunca tres horas pasaron tan rápidas. El argumento me pareció de una rabiosa actualidad y la interpretación magnífica. El punto de esperpento quedaba justificado por el sentido del humor y la irreverencia. Disfruté mucho y sigo recordando escenas, algunas citadas por ti, de una maestría innegable.

    • Di Caprio se supera con su actuación y le beneficia el tono sarcástico-canalla más que el atormentado obsesivo en ‘El aviador’ por ejemplo. Sin duda, Scorsese le está dando muchas oportunidades para ser un grande de Hollywood, en la historia del cine norteamericano.

      ¿Las secuencias?: Cuando se define el personaje después de la crisis de Wall Street, y va a vender acciones insignificantes de precio sobre proyectos fantasma a clases sociales de bajo poder adquisitivo, en un grupo de trabajo y en una localidad de provincias…

      Cuando quiere dejar el puesto de mando de la nave (compañía) que ha construido y pilotado durante tiempo, por presiones del FBI, y para salvarse de ir a la cárcel…. Acaba arengando de nuevo a su ‘manada’ (con momentos en los que te das cuenta que este es un grupo contrasistema en el sistema, de procedencias cuasimarginales), y se diluye en la enfebrecida adesión al lider, como un hooligan más.

      Y la que pasará a la historia de la cinematografía de Scorsese, con su sarcasmo ácido, consecuencia de las actitudes humanas más inverosímiles pero reales (qué duda cabe).

      Es la secuencia cuando Di Caprio debe evitar que su compañero delate por teléfono el trasiego de dinero a cuentas suizas, pero le sobreviene el efecto de sus pastillas favoritas (por el efecto retardado, tal vez por estar caducadas), y justo tiene que avisar a su amigo y salir del club privado, literalmente a rastras como un animal, balbuciendo, conduciendo, y llegando a su casa para evitar la muerte por asfixia comiendo y drogado, de su amigo más proximo, y de negocios. Una secuencia de una gran mordacidad.

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