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El fuego y el naturalismo valenciano

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Eduardo Beltrán Jordá

No hay que engañarse. Las Fallas de Valencia tienen su controversia, puesto que, querámoslo o no, son las fiestas oficiales de la ciudad, independientemente de su historia. No todo es negativo. La cuestión que nos preocupa es si podría haber otro tipo de fiesta institucional, no tan condicionada por el populismo conservador. Trataré, en este texto, de presentar cuestiones que quedan asfixiadas entre la saciedad cultural del hecho fallero y mi propia investigación estética e imaginativa, o entre la dudosa elección a favor de la fiesta enfrentándola a sus cuestionables estéticas, y el hartazgo de lo popular del arte y el oficio. Me centraré, en mayor medida, en los monumentos que se montan en las calles y su principal componente, la “sátira calcinada”.

En su origen sociocultural, hay hipótesis que indican la importancia de lo artesanal y lo religioso en las Fallas: la celebración del gremio de carpinteros a su patrón, San José, y la quema de postes con candiles –los denominados parots–, que sobraban en los talleres debido al alargamiento de la luz del día a partir del equinoccio de primavera, en tiempos previos a la luz eléctrica. Actualmente, se han convertido en reclamo turístico internacional, por la singularidad y atractivo de sus características: que se prenda fuego a monumentos y en consecuencia a su trabajo anual desde abril a marzo del año siguiente, una labor manual efectuada con técnicas de modelado escultórico, carpintería y pintura; la adrenalina que produce el ruido calculado de las mascletàs, las explosiones de pólvora; o los fuegos artificiales que iluminan la ciudad de colores y formas expansivas desde su cielo nocturno. A la atracción turística, hay que añadir las pretensiones del consistorio local y provincial, y la Junta Central Fallera, para declararlas patrimonio inmaterial de la Humanidad; y se debe añadir la ponderación del ritualismo pagano del fuego liberador, y del tránsito astronómico, solar, con el cambio de la estación invernal a la primaveral. Digo “pagano”, porque durante el régimen político franquista, la nomenclatura era despreciativa con lo que no representaba el nacionalcatolicismo. Por ello, las Fallas de Valencia fueron objeto de flagrante proselitismo por cuanto a regionalismo y particularidades populares costumbristas valencianas se trataba, vinculadas siempre al hecho religioso, es decir, favoreciendo la ofrenda floral a la patrona, la Virgen de los Desamparados, con los tipismos de los atuendos femeninos engalanados con la artesanía de la seda, además de  la devoción popular y maternofilial a la Mare de Déu dels Desemparats (1); destacando la celebración del día del San José, miembro de la sagrada familia católica; y reforzando la candidez de los pueblos del Levante español, lo cual definía a lo valenciano.

Lo que ocurre es que, aparte de los problemas de convivencia con el ruido, los monumentos en las vías urbanas y la “sociedad fallera” (en principio ajena a la total integridad e integración de la sociedad valenciana más heterogénea, crítica y variada), el hecho fallero transparenta muy bien al hecho cultural valenciano, realista o naturalista conservador. Aunque no siempre fue así  ni tampoco tiene por que ser así. Lo que quiero comunicar es que existen constantes socioculturales en las Fallas, que aparentemente y también profundamente, son conservadoras, las cuales, pertenecen al comportamiento expresivo valenciano, pero en este caso, en el momento en que vivimos, hablaremos de una apropiación conservadora de esas actuaciones. En estas coordenadas culturales, entrarían significaciones irracionalistas dado el carácter determinista que tiene todo naturalismo, aunque actualmente éste sea “posterior” a lo postmoderno, es decir, muy lejano del naturalismo decimonónico.

En otras palabras, diríamos que el naturalismo valenciano conservador –puesto que por el contrario, el naturalismo crítico es progresista o librepensador–, impide el ámbito del análisis y la crítica, irracionalizando con superficialidad el hecho fallero. Por ejemplo, destacando como único procedimiento de “juicio expresivo”, las manifestaciones efímeras que corresponden a los monumentos falleros, consensuadas éstas por lo institucional por cuanto se refiere al desvelamiento de la podredumbre estructural, política o humana. Dichas exposiciones deben eliminarse salvíficamente –a favor de algunos–, a través del fuego. Toda representatividad social consensuada, formalizada y declarada en  los monumentos, está en su derecho de exhibir los endemismos sociopolíticos, pero el apropiamiento conservador del ciclo efímero del caos y el orden, ahoga su debate (2), o mejor dicho, donde en cualquier democracia sea posible controlar bajo las constantes antropológicas culturales propias, el ritmo expresivo del dinamismo eros-thanatos, existirá un regionalismo conservador democrático, que haría las veces de raro nacionalismo provincianista, relacionado con un naturalismo también de índole conservadora.

Entenderé por naturalismo conservador, esa mezcla de agentes o circunstancias determinativas incorporadas -sólo en algunos aspectos- a las fiestas josefinas. Sin embargo, hay que andarse con ojo, ya que, como estoy intentando defender, el naturalismo de cualquier signo, está ahí, y bajo la perversión ideológica –la persuasión entorno a cualquier objetivo– surge el peor modelo de convivencia. Algunas de las características de su conservadurismo, serán:

Una sensación permanente de objetivismo positivista cuya deformación se torna en superficialidad, prepotencia, y en lo que se ha llamado meninfotisme (derivado de la expresión de la lengua valenciana me’n fot, que significa “me importa muy poco, un bledo o un carajo”); bienestar y sensualismo, esa especie de territorio climático donde la sensación de luz es permanente; fuego, pólvora y ruido, casi siempre metáforas del carácter valenciano; emocionalidad y amabilidad; humor grueso y caricaturesco, que puede ser en ocasiones mordaz; escatología sexual; caciquismo efectista por no decir utilitarista; liberalismo paternalista sociopolítico; bondad natural de las gentes; apariencia y exhibición que proporciona la estabilidad hig tech; y la envidia provinciana que potencia el agente de la moda.

El ejemplo de un naturalismo valenciano conservador es la política, que está presente por más de dos décadas en la Comunidad, donde sus protagonistas (electos, obviamente) se han apoderado de la irrigación de ese sistema circulatorio nutrido por horchata (3), en vez de sangre sana sin edulcorantes, que se basa en esa “emoción social” por ser valenciano. Una política caciquil que emana pestilencias plutocráticas y oligárquicas, que no deja opción a la opinión, a la versión subjetiva o individual de sus habitantes ni de sus colectividades –evidentemente sí a la comunidad fallera– puesto que la información no existe –y cuando existía era mediatizada por el ruido que no dejaba oír las voces de alarma–, sino que impone la versión oficial –felicidad levantina, sentimientos no racionales, por no decir irracionales, hacia las constantes valencianas, costumbristas, sociales, devocionales, y psicológicas– como un sistema totalitarista regional apoyado por los medios de comunicación adeptos al fragor neurolingüístico del régimen.

Por ello, lo que ya se ha conseguido con la actual política y su sociedad complaciente, es que ya no sepamos –o no podamos imaginar–, qué sería Valencia sin regionalismo costumbrista. La sensación de aridez política, se acrecienta cuando la ciudad no tiene servicios públicos y facilidades de emprendimiento, como la ciudad turística que es la que pretenden promocionar las entidades de gobierno desde hace años, pero que no es la que todos queremos, puesto que previamente al turismo existe la valoración de la sociedad hacia su patrimonio histórico-artístico en todo su contexto y versatilidad; y cuando se tapan grandes errores éticos que han desplomado a los ciudadanos valencianos en la tragedia y la miseria; o cuando se  oculta, más mal que bien, la venta del gobierno de la ciudad a los vientos de la navegación de lo exclusivo y a los motores del lujo.

Es sencillo descubrir en esta explicación, que el “sentir valenciano”, atrapado por, e identificado con el conservadurismo sociopolítico, no sea más que un hacer y deshacer, porque domina el horror a lo perdurable y la alergia al juicio o la opinión, que siempre es mejor quemar que incorporar. Existe una mutación psicológica (tal vez idiosincrática) en este hecho de hacer desaparecer la ironía y su causticidad mediante la escatológica, la alegorización de la vida y sus hechos, la metáfora del ruido, la explosión y la pólvora colorista, y como no, del fuego (tal vez fatuo). Y es afín a las meridionalidades culturales mediterráneas, no lo olvidemos. “El deber de hacer desaparecer” sería el título certero del tratado clave de la filosofía valenciana usurpada, acorde con el naturalismo efectivo y efectista que acaba siendo un auténtico devorador de conciencias.

Poca tragedia parece existir en “lo valenciano”, pero quizás sea posible ver un suplicio de Tántalo en el hecho fallero, donde el fuego hace disipar siempre las únicas manifestaciones que advierten o denuncian quienes somos, pero que debemos volver a elaborar cada año porque siempre se esfuman. Es el castigo de los que permanecen en la huida, por el deseo, o en la caída de la apariencia.

¡Cómo les parece que me tomé la molestia de seguir las retransmisiones sobre la fiesta fallera de 2015, de las cadenas de televisión que ahora “hablan” en valenciano, que “informan” sobre la Comunidad Valenciana! Y uno de los paladines –por no decir el paladín mayor– del folclore valenciano, “enamorado” de la-s fiesta-s valentina-s, le preguntó a la alcaldesa vitalicia de esta ciudad, qué era lo que quemaría ella con las Fallas, y la respuesta fue ocultista, en el sentido literal de la acepción: vino a decir algo así como que las Fallas ya queman toda la crítica o todo lo criticable; y a continuación pensé que no había opción a la reflexión, pensé que con el prendimiento de las Fallas, se esfumaban todas las posibilidades de expresión del pueblo valenciano, puesto que todo se volatilizaba en el rito estafado, incautado.

De los dos elementos de verdadero interés que poseen los monumentos falleros (4), que son el trabajo artesanal, y su ideación y estructuración, junto al otro elemento que es la sátira social, ahora parece ser que el fuego en vez de purificar los males endémicos de lo valenciano, resulta que los salva de ser imperecederos, o sea que los oculta, los elimina. Ahora resulta que el fuego es el mejor aliado del sistema de gobierno ‘democrático’ conservador valenciano, que ostenta el poder desde hace demasiado tiempo en esta ciudad. El fuego ayuda a que el naturalismo se convierta en ocultamiento estruendoso, oscurantismo oligarca, y oscuridad mojigata.

No obstante, no hay que dejarse llevar por la inercia de la ira. Tal y como les venía comentando al principio del texto, el tema fallero es muy controvertido porque una parte de la sociedad valenciana no re-conoce la raíz de esta agotadora semana de manifestaciones populares, ni siquiera lo hacen los que participan de ella de manera consciente, en su profunda significación.

Más o menos inconscientemente, se participa de un tiempo caótico y satírico controlado –a la manera del carnaval– (5), dando paso a la primavera y el re-nacimiento de la luz solar, pero que es propiamente el modo de entendimiento telúrico y psíquico de ciertos pueblos mediterráneos, de olvidar periódicamente su territorio irracional, manifestándolo, lo cual han aprovechado de un modo pavoroso los manejadores de la res publica en la Valencia contemporánea. El ritornello del desaparecer y aparecer, en el bucle de lo social, es el medio propicio para los escamoteadores de la libertad. Si además, tienes al alcance anualmente una metáfora institucional, las Fallas, que es la celebración de esta espiral, ocultamiento-desvelamiento de lo inconsciente incontrolable que es el deseo de poder y la irracionalidad de la ansiedad material, es más sencillo caer en la rutina –odio o amor por la fiesta fallera– y no conocer su origen antropológico.

El hecho cultural que cíclicamente repite los ritmos cósmicos y arquetípicos –razón, vitalismo; apolíneo, dionisiaco–, con metamorfosis rituales, son sistemas de autorregulación de la psique inconsciente, telúrica o humana, que absorben modélicamente los poderes políticos para que todo cambie sin cambiar, actitud quizás definida como conservadora (la unidad en la transformación) pero nunca represora ni perversa.

El fuego salva. Como procedimiento metafórico bajo la “institución cultural”, es un cauce idóneo para soportar o comprender simbólicamente la desidia humana, pero no es un mecanismo representacional que deba ejercer el poder, para controlar lo ideológico, que a su vez es lo estético y lo social, y en consecuencia, mantener o sostener la desidia humana.

***

(1) En otro sentido de comprensión, más mitológico, los cultos marianos son manifestaciones del inconsciente colectivo reeducadas por las religiones, en torno a la divinidad materna, fecundadora de la provisión y la abundancia femenina.

(2) Hay que decir que existe la libertad de exposición de opiniones políticas dentro de la comisiones falleras. Un ejemplo es la Falla de Na Jordana en el barrio del Carmen, que siempre es consciente de la tradición y la modernidad, pero también de la causticidad ideológica con respecto a la sociedad donde se representa, dentro de una línea política de izquierdas.

(3) Para los que no sean nativos u oriundos valencianos, la horchata es una bebida dulce elaborada con jugo de chufas, pequeño tubérculo elemental de la huerta valenciana.

(4) Respecto de los ensamblamientos de figuras escultóricas, existe una comprensión estética afín a las ideas sobre lo barroco que estudió Eugeni D’Ors. La cuestión fundamental es que las estructuras en desequilibrio hacia lo vertical y su multiformalismo (“las formas que vuelan”), denotan la preponderancia de lo inconsciente y lo irracional en la estética dorsiana, donde la figuración era norma para el sentido artístico-estético, siempre centrado en la oposición-unión, clásico-barroco, estable-dinámico. Fernando Castro Flórez lo dice así: “barroco es la figura presidida por la multipolaridad, la continuidad, el dinamismo y el panteísmo, la oposición al proceder del estilo clásico, el grito desbordado de la naturaleza frente a la armonía del ideal de belleza”; Castro Flórez, F. (2001), “La estética española en el siglo XX”. En: Givone, S: Historia de la estética, Madrid, Tecnos, p. 239. Extrapolándolo a las fallas entendemos mucho más.

(5) Los aspectos grotescos de la sátira social a través de los disfraces de muñecos y sus expresiones, propios del escarnecimiento carnavalesco donde se desajustan las pautas sociales, forman parte de una de las hipótesis del origen de las Fallas.

Un ejemplo de artesanía

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Las representaciones alegóricas tradicionales de las fallas, en forma de personajes, de las pantomimas sociales y políticas. Obsérvese a Pablo Iglesias vestido de camuflaje -hombro derecho del personaje de la izquierda- tirando de la cuerda contra el Capitalismo y el acomodamiento político.

Otro ejemplo de alegoría, tradicional en las fallas. En primer término abajo los líderes políticos del país.

Otro ejemplo de alegoría tradicional en las fallas. En primer término abajo los líderes políticos del país.

Un detalle de mordacidad: el nacionalismo catalán independentista con diferentes sellos partidistas, y en diferentes actitudes, que sostienen al gran Yoda, el gran mago de lo aparente, Jordi Pujol, que corona el

Un detalle de gran mordacidad satírica: el nacionalismo catalán independentista con diferentes sellos partidistas (Oriol Junqueras, Artur Mas), y en diferentes actitudes, que sostienen al gran Yoda, el gran maestro del catalanismo conservador, que resultó ser el gran mago de lo aparente, Jordi Pujol, que corona el “castell” humano, la pirámide simbólica del esfuerzo del colectivo catalán. Por cierto, “els castells” son también un arte efímero y mediterráneo como el de las fallas.

La sátira es lo más positivo en estas metáforas del aparecer y el desaparecer. El fuego salvará hasta la vergüenza de la familia real española.

La sátira es lo más positivo en estas metáforas del aparecer y el desaparecer. El fuego salvará hasta la vergüenza de la familia real española.

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La culminación de la estrategia política: la perversión de la gestión pública

Otro ejemplo de artesanía. Son fallas infantiles que suelen hablar de temas valencianos amablemente

Otro ejemplo de artesanía. Son fallas infantiles que suelen hablar de temas valencianos, amablemente, con un tratamiento semejante a la animación cinematográfica, aniñando a los personajes.

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En este caso se trataba de un sencillo recorrido por el arte de la pintura valenciana (Sorolla, Ribera, Pinazo, Equipo Crónica, Carmen Calvo…)

2 pensamientos en “El fuego y el naturalismo valenciano

  1. Enhorabuena por tu documentado y extenso artículo. La verdad es que muchos de los valencianos, incluso los que se autodenominan “buenos valencianos” huyen de las fallas. Hablas de una agotadora semana, pero creo que comienzan mucho antes a cerrar calles, montar carpas y a desviar el tráfico. Si nadie tuviera que ir a trabajar serían simples molestias, pero acaba convirtiéndose en un auténtico suplicio.

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