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“Santa Margarita de Antioquía” pintada por Francisco de Zurbarán: una renovada iconografía de mártir

Zurbarán Santa Margarita

 

Eduardo Beltrán Jordá

Aun permanecen vigentes los códigos del sufrimiento y del sacrificio, que pertenecen al arquetipo del mártir y a la “escenografía” del martirio. A pesar de que se muestren más evidentes en la violencia llamada islámica, el depósito de la violencia persiste, cargándose de resistencia, debido a la polarización y la separación en la vida humana de los agentes materia, cuerpo, mente, alma y espíritu.

Una realidad –una memoria activa inconsciente según Annie Marquier– que sigue alimentándose de miseria mártir, aquella que cede a los demás (o a la división constante de nuestras facultades, o a una causa interna o externa, o a un entretenimiento determinado, o un estrés diario o cotidiano) el derecho a ser en el mundo ecuánimes y en paz interior y exterior.

La responsabilidad sin responsables multiplica a los verdugos que sacrifican a los mártires, aunque unos y otros, aparentemente desde diferencias tan distantes, se unan por semejanza –la violencia, la sinrazón, el dolor, la muerte–, para una brutal llamada de atención hacia el equilibrio, que es la consciencia y conciencia del derecho a ser, persona, a ser, humano, como proyecto en un planeta que “flota” junto a millones de galaxias. ¿Qué, cómo y para qué es el ser en este planeta?

Para entender una afirmación de responsabilidad dentro de una pregunta por el ser, hay que acudir a la conciencia de las leyes universales esotéricas o conciencia universal (todo hermetismo depende de la libre interpretación/consciencia de cada individuo respecto de cada cosmovisión particular). Una de estas constantes menciona la ley de atracción y aversión, y está relacionada con la creencia en que los patrones mentales/emocionales y sutiles/espirituales que vivimos, atraen o repelen aquello que somos inconscientemente o conscientemente.

Cuanto más intención de deseo exista más se aleja dicha atracción/intención, cuanto más se rechace más se aproxima, más nos involucra. Aunque, dependiendo de la circunstancia de las coordenadas espacio-tiempo, la psique socio-cultural y familiar, y, tal vez, de la longitud de onda que pueda emitir y sintonizar el emisor/receptor, corporal/biológico, mental, emocional, y sutil. Por si fuera poco, no hay que dejar de lado lo principal, que vivimos en la dimensión de la dualidad espaciotemporal que polariza (A/B) toda nuestra percepción en realidades irreductibles entre sí –cuerpo/alma, vida/muerte, bien/mal, necesidad/libertad, etc. – y no subordinables a ningún orden superior.

A consecuencia de la ley de aprobación o reprobación, habrá que considerar al mártir consciente como libre en cuerpo, mente y alma para aceptar su sacrificio. Muy distinto, por el contrario, será aceptar la paradoja del mártir inconsciente, pues no conoce el sentido de cómo y por qué se ha llegado a una situación de anulación de su voluntad.

Las percepciones de luz (positiva) y sombra (negativa) en las pautas del mártir, dependen de si los/nos consideramos protagonistas de su/nuestra voluntad consciente o víctimas de su/nuestra inconsciencia. Para ello, hay que tener presente que para defender valores de autenticidad no es preciso enfocarse –o inmiscuirse– en la reverso del origen del ser  –la violencia, el sufrimiento– para entender su heroicidad. Aunque, no cabe la menor duda de que la Historia, su cultura –y su iconografía–, han elegido la ontología trágica, es decir, la limitación/cárcel de la separación, el abismo, la caída, la orfandad, el “valle de lágrimas”.

Estoy proponiendo otro sentido a una iconografía que nace de la tradicional, pero que se adapta a cualquier tipo de recepción actual individual. En la iconografía representada por Zurbarán, que es una imagen de la tradición cristiano-católica, se podrá observar en qué grado de libertad permanece la iconografía del mártir, y así discernir si es cerrada o abierta, yerma o fecunda. Insisto en que no hay que olvidar que los arquetipos son formas de actuación esenciales, como estructuras, fuerzas, o códigos de la manifestación del ser, para el comportamiento de una parte esencial de éste –el ser humano–, conforme a su actividad consciente o inconsciente en el mundo.

Zurbarán no parece ceñirse a las referencias iconográficas exactas de la santa de culto oriental ortodoxo, Santa Margarita de Antioquía, y es muy posible que este tipo de iconografía estuviese más orientada a la ornamentación en procesiones que a un culto más privado. El fin de los cuadros antiguos, ahora está vinculado a los ojos privados de sus poseedores, o a los de los usuarios de las exposiciones donde aparecen eventualmente o permanentemente colgados en los museos o en salas expositivas.

Los elementos legendarios o extraordinarios de muchas representaciones de fortaleza mental y espiritual, son mayoritariamente heroicos en los relatos de la psique humana dentro de cualquier tipo de imagen artística, y casi siempre transmiten el enlace o identificación con lo divino y lo sobrenatural.

Santa Margarita aleja el mal –el orgullo, el deseo, el poder de un soberano, representado en este caso como masculino, en su relato o fábula apócrifa respecto de las escrituras bíblicas–, con su fe y su autenticidad, con su ejemplo y su sinceridad, con su equilibrio y su justicia, con su entereza y su ingenuidad (simplicidad de la pureza y de la idea). Es la defensa de la virginidad, que es la defensa de la integridad, de la honestidad; es la defensa de los derechos de la mujer, de los del ser humano, de la libertad de expresión, de la libertad de elección, de la vida personal y su autenticidad. Por tanto, indica, como personaje de integridad, la protección de la originalidad de todo ser humano. Su esencia incondicionada es su origen.

Ha de notarse aquí que el mártir siempre aspira a la inocencia, origen, unidad o suma de los niveles cuerpo/mente/alma/espíritu, y que el mal –el demonio, los demonios–  es el mismo ímpetu inocente pero que permanece en la sombra, en negativo, en su inversión. Este “lado oscuro” se ocupa de “exigir” al lado claro su presencia, con una toma de con-s-ciencia severa, injusta, sacrificial, trágica, siniestra. Es por esto que los Santos mártires, arcángeles San Miguel, Cristos vejados, ensangrentados o despojados por sus verdugos, y Vírgenes Inmaculadas, tengan como indispensables a sus adversarios, porque con ellos, como compañeros en oposición, brillan en la luz.

Las historias de santos, que nos parecen, racionalmente, tan lejanas e inverosímiles –por ser formuladas mitológicamente–, se aproximan a nosotros de manera considerable en lo psicológico –y paradójicamente, por ser mito-lógicas, son fábulas, ejemplos, o arquetipos de la psique– si asemejamos o aglutinamos, de un modo extenso, la vida común y el mundo de la vida fenomenológica, la ética, el pensamiento filosófico, o la filosofía sapiencial, prescindiendo –o no haciéndolo– de las religiones.

Dejando aparte la truculenta vida de los santos y mártires (hagiografía), en esta representación de Santa Margarita, aparece el mal como la bestia apartada por una pastora con su vestimenta elegante, muy sobria y orgullosa. ¿Quién está dominado aquí? Creo que se ve la lección de una manera muy perceptible si observamos quién es el ganador espiritual, por su pose, elevada en lo humilde, a través del sacrificio que da una creencia: lo íntimo, lo ingenuo y lo simple del ser. (1)

Además es un ejemplo de cómo los santos se representaban con sus atributos reconocibles y expuestos en sus manos como pedagogía de autenticidad (Satán en forma de dragón fantástico sometido; el gancho/herramienta del martirio que parece su bastón, la fe inquebrantable; el libro, las escrituras como el mensaje o guía). Pero el interés era llevarlo a lo cotidiano, a personificarlo en una pintura-estatua, en una verosimilitud de volúmenes honestos –reales–. Es Zurbarán –y su obrador– quienes lo logran a través de la lección artística/pictórica de Caravaggio. (2) La presencia sale de la escenografía teatral. El cuadro es ese escenario que es iluminado en favor de las expresiones, dramas, apariencias o presencias: es lo que se asimila de lo zurbaranesco a la estética barroca.

Pero Zurbarán traspasa en ingenuidad a las formulaciones estéticas de Caravaggio –vanguardistas, en su tiempo artístico–, es decir, hace que los seres de Caravaggio –personas comunes convertidas en personajes santos–, pasen de ser morales (la ambigüedad del bien-mal), a ser éticos, o dentro de la justicia espiritual, y liberados de cualquier truculencia barroca, al ser presentadas las mártires santas con nobleza humilde y popular. José Ribera (“el español”, el valenciano) hará ambas cosas, ya que en las postrimerías de su obra pictórica, acrisola tenebrismo/realismo con clasicismo rafaelesco (equilibrio, proporción) por vía de Guido Reni.

La complejidad de este modelo de la psique –en su esquivo posicionamiento dualista A o B, A o B’, A’ o B, A’ o B’, y etc. –, que la iconografía ayuda a expresar, está de tal modo enraizado en el humanismo y en su propia sombra, que es muy difícil atreverse a preguntar si es la ingenuidad del mártir, una virtud, una fortaleza, o por el contrario es un fracaso, un fraude y una debilidad. Pienso en refugiados de guerra, en sacrificados por el terrorismo radical –que también son los propios terroristas–, en perjudicados por los fenómenos geoclimáticos naturales, en los lastrados por la violencia entre mujeres, hombres y niños, en desahuciados de los niveles legales y económicos de la sociedad, en los suicidas, en los emigrantes forzados, en los parados de larga duración, en las enfermedades y sus enfermos…

No obstante, la misma complejidad psíquica e iconográfica abre la puerta para ser conscientes de la elección en el modo y lugar donde cada uno ocupe su espacio en el mundo. Elevar el grado de conciencia no es una farsa, es caer en la cuenta del ser, expandir ese centro de ese punto de puntos del universo que ocupas, y quien sabe cuántos puntos afines se enlazarán a ti.

***

(1) Vemos que hay una aparente contradicción entre altivez y humildad. El engalanamiento y la sobriedad de una pastora será la versión positiva (el/la bienhechor/a) frente a la negativa del arquetipo del mártir, si lo vemos desde dentro del esoterismo psíquico, o desde ese nivel de comportamiento humano concretamente sacrificial. Este lado negativo es lo que se aleja de la humildad en la ingenuidad, o sea, la consciencia de la pureza, del no juicio, donde mejor llega el espíritu de amor y armonía. Su interpretación exacerbada –no positiva– se incrementó en el barroco más despiadado contrarreformista; y conforme a esto, Zurbarán significa un desvío desde una escuela pictórica más sutil y amable.

La religión católica más anticuada –y otras religiones y modos de comportamiento socio-psicológicos, miserabilistas, auto-limitativos y auto-reduccionistas–, siempre han ponderado el martirio como opción más idónea en favor de la renuncia, el sacrificio y el sufrimiento, a través de los cuales se opta por la santidad en orden a lo divino, o se orienta al orden o control social a través de miedo atenazador, o al bienestar moral/espiritual, económico, inclusive emocional/mental, de los poderes establecidos tanto a nivel colectivo como individual.

Pero es un arquetipo superado y abandonado por la espiritualidad integral y holística, la cual crea abundancia conforme a la riqueza de lo universal (el todo) en consonancia a lo particular (la parte). Esta será la vertiente más positiva de la creación divina y estará asumida por el arquetipo del soberano, pleno de posibilidades reales, dentro del psiquismo humano. El mártir cede la voluntad, y como consecuencia es ensalzado u obtiene la recompensa; el soberano o rey adopta la voluntad y la materializa, pero ya está en plenitud recompensada.

(2) Caravaggio, por su decisiva influencia en el formalismo de la pintura del siglo XVII –hasta convertirse el caravaggismo claroscurista en normativo y académico–, parece, comparativamente, el Cèzanne del siglo XVII, por la decisiva impronta visual/formal que ejerció también el pintor francés en la pintura del siglo XX.

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