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Abrir una conciencia

Eduardo Beltrán Jordá

La expansión de una conciencia humana individual, está vinculada al entendimiento personal de un nuevo patrón de inteligencia mental, emocional, sutil/espiritual y físico. Entre los protagonistas de El puente de los espías de Steven Spielberg (EEUU, 2015), y El hijo de Saúl de László Nemes (Hungría, 2015), hay una coincidencia: ambos deciden ensanchar su propia conciencia individual, desde su convicción, frente a cualquier contexto de opresión. La primera es una película moderadamente amable, que confía en los valores de la libertad del ser humano, y su extensibilidad a las normas del conjunto de la sociedad estadounidense. La segunda es una película muy incómoda (la valentía para quedarse en la butaca, es una opción ética a la que obliga la elaboración de metáforas y estéticas cinematográficas), que abre la sima de lo inhumano –aun incalificable– en el genocidio nazi, y aun así, confía también en la libertad del ser y de lo humano, a pesar de que, debido al contexto de la película, la confianza en lo meramente humano, evidentemente, sea difícil de aceptar o comprender. 

Steven Spielberg, Amy Ryan, Tom Hanks

Steven Spielberg, Amy Ryan, Tom Hanks

La virtud de la conciencia hacia un bien humano

El puente de los espías se introduce en los años más intensos de la Guerra Fría entre EEUU y la URSS, en 1957, y está basada en tres hechos y cuatro personajes reales. Un prestigioso bufete de abogados a través de James B. Donovan –interpretado por un meritorio Tom Hanks–, es asignado para defender a la persona más impopular en esos años para los estadounidenses, el espía presuntamente soviético Rudolf Abel -un sobrio y excelente papel de Mark Rylance, premio Oscar al mejor actor de reparto 2015-. En su estructura narrativa paralela, el film ensambla el caso de Rudolf Abel, con el incidente del derribo en 1960 de un avión U-2 del programa de espionaje secreto estadounidense, en territorio de la Unión Soviética. La vida del piloto superviviente, Francis Gary Powers, fue objeto de otro debate muy popular para la época, la que el filme hace visualizar. La doble estructura paralela se convierte en triple, al añadir la historia de Frederic L. Pryor, estudiante estadounidense de economía soviética, en el Berlín del muro (1961) y de la Guerra Fría, que quedó atrapado por la RDA en el lado oriental, en el Bloque del Este o soviético.

James B. Donovan es un standing man, un hombre firme, según opinión de su cliente, el espía pintor, Rudolf Abel. Donovan reúne tres aspectos profesionales y psicológicos, que lo hacen una figura idónea para una película de Spielberg, y para una película de valores entorno a la libertad en derechos estadounidenses. Donovan es fundamentalmente eficaz -o tal vez pragmáticamente estadounidense -, porque como buen abogado de seguros siempre prefiere estar protegido para un posible canje; defiende las normas de convivencia de su país –atiende moralmente a la Constitución y la Carta de Derechos de los EEUU–; y es un humanista –cree en la honorabilidad y amistad entre seres humanos-. Podría decirse que es un personaje de una película de Frank Capra, sobretodo por sus dos últimas características.

James B. Donovan, como abogado asegurador, posee la inteligencia para tener siempre una cobertura en caso de riesgo, tener siempre un seguro por el que los demás puedan pagar un determinado precio. Esto será relevante para que la CIA confíe en su capacidad de mediador en plena Guerra Fría –en el método del seguro, del interés por obtener algo a cambio en caso de pérdida–, o para establecer “el puente de los espías” en la trama de la película y en su final.

Dentro de la justicia americana, uno de los deberes patrióticos es defender a toda persona así sea un “malnacido” (palabras de un juez en la película), y así esté sentenciado previamente por un jurado popular. Es el deber por el cual toda persona merece ser defendida. Donovan reclama que las reglas son las que unen a todos los individuos del colectivo estadounidense, independientemente de donde provengan sus miembros. Las normas son la identificación de todos sus individuos en un grupo o nación. Donovan esgrime los argumentos constitucionales para defender una causa únicamente defendible desde el idealismo y no desde la mala praxis interna –el convencionalismo sin justicia real– de ese ideal. La justicia y la sociedad norteamericana deseaban ver en la silla eléctrica a Rudolf Abel puesto que atentaba contra su estilo de vida, y Donovan se preguntaba si debía morir alguien por lo que otros habían ordenado, o por tener fe en sus propias convicciones (aquí se lleva a cabo la perspicacia liberal entorno a la que el derecho personal se enfrenta al derecho común, cuando el abogado pregunta, comparativamente, qué es lo que podría ocurrir en el hipotético caso de que un individuo estadounidense cayese en suelo soviético y se le acusase de espionaje, como así sucedió con el piloto Francis Gary Powers). Llevado hasta el Tribunal Supremo de justicia estadounidense, Donovan perdió parcialmente el caso (aunque Abel no fue sentenciado a muerte) con un resultado muy ajustado: cinco votos en contra y cuatro a favor. Rudolf Abel nunca quiso colaborar con la justicia de EEUU, y como el protagonista del filme, también fue un hombre sólido en sus convicciones.

La firmeza de James Donovan le llevó a tomar la decisión de respaldar una causa que iba en contra de los intereses de la opinión pública estadounidense y de los de su propia familia. Se decide por un discurso humanitario desde su propia conciencia. La honorabilidad es el vehículo por el que la amabilidad surge. Es la manera individual de ser equitativo, el modo de apreciar la inteligencia y valor del enemigo, del opuesto, o del otro.

El puente de los espías trata una historia de un hombre justo consigo mismo que logra la ecuanimidad entre los gobiernos, aunque su virtud no sea gubernamental. Es una historia de un ser humano que subterráneamente pacifica el mundo desde la equidad personal, dando un paso para ampliar su consciencia, la de su familia y la de su sociedad.

La conciencia de vida desde su propia pérdida

László Nemes ha comentado que su película El hijo de Saúl -premiada con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa 2015-, representa “cómo alguien puede vivir en el centro mismo de la muerte” (1). Conviene indicarlo puesto que la representación o no representación del Holocausto del nazismo (la Shoah) tiene una repercusión desconocida para el mundo –“incapaz de calibrar su alcance” como menciona Nemes a propósito de Claude Lanzmann– y es (como también fue) un debate por sí mismo, en ámbitos cinematográficos e intelectuales –destacando Theodor Adorno, Claude Lanzmann y Georges Didi-Huberman–.

La película de László Nemes remite a un esquema moral entorno a un hombre que busca un acto de paz individual en medio de la completa barbarie. Y esto dentro de una expresión cinematográfica audaz y por ello sobresaliente –la cámara solamente deja de enfocar a Saúl en contadas ocasiones y siempre lo filma en planos cortos y medios–.

En 1944, durante el exterminio de judíos húngaros en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, un miembro de los grupos sonderkommando (grupos de presos cuya obligación era encargarse se tareas especificas) decide enterrar a un niño que a pesar de sobrevivir a la cámara de gas, es asfixiado posteriormente por un médico nazi, y su cuerpo es enviado para la autopsia. Inhumar a cualquier preso –un niño en el argumento de la película–, era una acción que suponía ir a contracorriente de la supervivencia de estos grupos, porque era un impedimento absurdo, entre otras cosas porque una de las tareas concretas de los sonderkommando era ayudar a quemar los cadáveres, y porque estaban constantemente bajo vigilancia y bajo la presión de ser prescindibles, de morir también asfixiados en las cámaras de gas. Era un sinsentido dentro del sinsentido que uno de ellos se fijase en los muertos antes que en los vivos, porque el mayor de sus objetivos era liberarse del horror mediante el enfrentamiento o la rebelión (está documentada la insumisión de los sonderkommando de Auschwitz en 1944). Tampoco descartaban dar testimonio de lo que estaba ocurriendo dentro del campo de concentración a través de la documentación fotográfica o los diarios personales.

Por consecuencia, la decisión de Saúl -interpretado por Géza Röhring- es moral dentro de la irracionalidad en su extremo y aberración. Los comandos conocían el secreto genocida de las SS y ayudaban a los prisioneros a ser exterminados como se ve en film. El comportamiento de Saúl es mucho más llamativo teniendo presente este dato. El trabajo de los sonderkommando era limpiar las duchas de la sangre de los cadáveres, reponer combustible en los crematorios donde los incineraban, meterlos en los hornos, apilar las “piezas” (así les llamaban) en piras exteriores, y dispersar las cenizas humanas con palas, al río o al lago más cercano. Saúl, estando ya muerto –como él mismo comenta en una discusión con otro de sus compañeros–, es decir, sentenciado a muerte, eleva su conciencia de vida con una elección. Acrecienta su sabiduría personal. Tratará de buscar a un rabino para dar sepultura al muchacho con el ritual tradicional funerario, pero lo hace infructuosamente porque a quien elige –o quien se presta a serlo para salvarse– ni siquiera sabe las oraciones, está severamente aterrado.

Saúl, durante la huida en grupo, ve la mirada de un niño polaco fuera del refugio donde descansan. Una aparición que sí consigue ser libre, aunque también es emisario de muerte. Pero esta figura, tal vez angelical, puede que sirva al protagonista para descubrir por qué intentó salir de la oscuridad, o para entender por qué enfrentarse a la verdadera muerte, así como también fue determinante para tal verdad, la acción/decisión tomada para dar sepultura al otro niño judío. Desde la muerte en vida solo queda abrirla hacia la conciencia, la sabiduría. Ser consciente de la conciencia –la vida y su luz–, lleva a la muerte digna. Los niños le ayudaran a ello, y reirá por primera vez en todo lo que dura el filme. Como en El puente de los espías, se habla de humanismo y de conciencia interior. László Nemes comenta que El hijo de Saúl “es un acto de humanidad, el de un hombre al que su voz interior le dice que todavía tiene una oportunidad de seguir siendo un ser humano, algo muy elemental o muy primitivo que quería mostrar”.

Técnicamente es una película prodigiosa, que aísla al protagonista durante el largometraje entero excepto en algunos encuadres, consiguiendo que padezcamos la inhumana irracionalidad en los fondos y los entornos de los planos de cámara y sus movimientos. Aquí Nemes ha reabierto la discusión estética alrededor de lo que se representa o no de la Shoah. Por su arriesgado planteamiento formal, recuerda otra de las películas que han impactado recientemente a la crítica cinematográfica, la demoledora Qué difícil es ser un dios (2013), del fallecido director ruso Aleksei German. Basada en una novela de ciencia ficción de los hermanos Arkadi y Boris Strugatski, la película recrea un mundo medieval donde la cámara recorre, introduciéndose libremente, asombrosos escenarios de putrefacción física y moral.

Dos películas, una misma conciencia

Son dos historias muy opuestas entre sí en el tratamiento. Steven Spielberg se encuentra a gusto entre el clasicismo -las narraciones o historias de palabras y de valores-, la innovación de movimientos y posiciones de cámara, y la cualidad irónica de los Hermanos Coen que colaboraron en el guión. László Nemes explora la incredulidad y pone a prueba de nuevo el cine frente a los límites humanos, basándose en diarios personales de los comandos de prisioneros. Lo que las une a ambas es la firme y libre elección ante la honorabilidad, la amabilidad, la vida, la sabiduría. Didi-Hubermann escribe que el cuento, el mito, la fábula, (el cine por extensión), es el recurso que aun amplia nuestra conciencia ante lo inconcebible. Dicho elemento recursivo, es lo que nos hace plenamente humanos, es el arte, la creatividad. Hacer presente el arte, es la tarea humana.

***

(1) Caimán. Cuadernos de cine, enero 2016, nº 45, p. 6-8.

5 pensamientos en “Abrir una conciencia

  1. Me ha gusto mucho el comentario que haces al film de László Nemes, porque resaltas aspectos muy interesantes.
    No ha visto El puente de los espías de Spielberg, porque hace tiempo tomé la decisión de no ver películas en las que apareciera Tom Hanks.

  2. El perfil de personaje patriótico norteamericano también me hace huir de las películas en las que aparece. Algo similar me ocurre con Spielberg. Pero aquí ambos están bastante sobrios, como Daniel Day-Lewis en “Lincoln”. Los doblajes hacen odiar a Tom Hanks también, pero aquí hasta el doblador está comedido. Con Spielberg, Hanks ha hecho buenos papeles. Parece la misma relación profesional de Di Caprio con Scorsese.

  3. Es sólo una cuestión de gustos, pero creo que hay una diferencia muy grande entre lo que, a mi modesto entender, es capaz de transmitir Di Caprio a lo que, en general, transmite Hanks.

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