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El texto de la objetividad, el texto de la subjetividad

Jesús González Requena, El punto de ignición. Conferencia realizada en la cátedra “Territorios del saber”, Maestría en Estudios Interdisciplinarios del Desarrollo. Universidad del Cauca.
(resumen)

La objetividad es intersubjetividad. Objetivo es lo que todos podemos ver, aplicando modos comunes de mirar homologados por la ciencia, la cual es un conjunto de procedimientos para, precisamente, homologar la mirada de modo que todos podamos atestiguar que los objetos que se manifiestan ante nosotros se comportan de una determinada manera.

La intersubjetividad es el mínimo común denominador de todo lo que pueden ver todos los individuos. Todo lo que no es propio de cada sujeto es la objetividad. La intersubjetividad es aquello que está entre los sujetos y lo que los une, una malla de homogeneización, es la red de la lengua. La malla de la intersubjetividad configura la sociedad, construye nuestro mundo coherente y previsible. Es el ámbito de la objetividad.

La singularidad e individualidad es propia de la subjetividad. El que deja de ser usuario de la objetividad (la máquina como manifestación de un texto objetivo) puede quedar excluido por no seguir al pie de la letra su correcto funcionamiento, deja de cubrir su cobertura de garantía.

La objetividad -la intertextualidad- es una máquina abstracta donde todos estamos incluídos pero nadie está subjetivamente (nadie significa “poder ser”, que no “ser”). Puede provocar alienación en el sujeto. La eficacia y necesidad de la objetividad es refractaria a la singularidad dramática que constituye el núcleo de cada ser. Ese es el núcleo de su estremecimiento. La objetividad no tiene nada de real (la cosa en sí, lo real del mundo), es una abstracción, un mundo donde cada objeto es intercambiable, un mundo sin sujetos en el que el sujeto no puede sentirse ser, aunque pueda interactuar. El individuo pulsional es demasiado real, por tanto el mundo de la objetividad es ajeno a él. La objetividad aumenta el confort y la alienación (la pérdida del ser). Lo que salva al ser son los textos de la subjetividad (la mitología y el arte).

La episteme que rige los estudios textuales y en general todas las ciencias humanas, hace tiempo que se ha deshecho, que se ha olvidado, que ha dejado de pensar al sujeto, hasta el punto que se ha convertido en el punto ciego de su modo de pensar. Lo ha ignorado.

La singularidad y la narración abre espacio a la singularidad del propio ser, a la oportunidad de llamarse así. Las narraciones cotidianas son inconclusas, fragmentadas, inciertas; los relatos (cinematográficos, literarios, mitológicos…), las grandes narraciones, son compactas, netamente clausuradas, altamente estructuradas. Pero existe otra diferencia, las primeras son más verosímiles, y las segundas inverosímiles. Las primeras, más lógicas, son más aburridas, las segundas son las más imprevisibles y extraordinarias. Por eso se convierten en imprescindibles para el sujeto.

La estructura de un relato es simbólica, no es lógica. La causalidad que suelda los actos o sucesos del relato, es deseante, no es lógica causal, no se rige por la escala lógica, si no por la escala del suceso más deseado.

No buscamos lo previsible dentro del relato (no buscamos esa expectativa), buscamos reconectar con aquello que no tiene espacio en los textos de la objetividad. Para saber de lo real, para tocar lo incomprensible, para reconocerse en su singularidad radical de sujetos a través de la exploración de la singularidad radical de otro sujeto, lo que buscamos en el relato es siempre del orden de lo radicalmente inusual (lo sublime, lo milagroso, el crimen, la heroicidad, lo siniestro). No nos interesa lo normal en el relato. Todos los sucesos pertenecen al campo de lo real, por eso nos interesa, nos quema, por eso constituyen esos puntos de ignición que nos ligan con los grandes relatos.

Lo real está en juego a través del punto de ignición que polariza la pasión de sujetos ante ese relato que nos hace sentir vivos. Cada uno de nosotros somos en cualquier texto de la subjetividad. En los textos de la objetividad no nos hacen sentir nada. El sentido siempre está presente en el texto de la subjetividad aunque sea su fracaso.

Cuando los textos de la subjetividad de una civilización dejan de tener sentido, cuando comienzan a levantar acta de su decadencia puede que ésta esté en coma.

Toda aproximación a un texto subjetivo debe comenzar por el punto de ignición, por el punto que nos quema. Si es real es ininteligible, carece de interpretación posible, no tiene ni significado ni sentido pero es el punto mismo que nos quema. Aunque lo que no tiene sentido no obstante se siente, de modo que es sentido, y en ello anida el núcleo mismo del drama humano, que lo que es sentido debe encontrar sentido para poder ser humanamente vivido.

El análisis de todo texto subjetivo debe localizar el desgarro esencial, y polarizar todo lo que lo rodea. Todo lo que hay (sus elementos) en un texto debe estar polarizado por ese punto de ignición que nos quema, de su quemadura depende su densidad simbólica. Todo versa sobre lo que no puede tener sentido. Es su eficacia simbólica.

Ejemplo: los Evangelios, texto densamente simbólico. ¿Dónde está su punto de ignición? Es un texto materializado en el espacio, por ejemplo en el drama, la agonía y el sufrimiento de los personajes de Jesucristo y María representados en los templos.

Un texto está realizado para ser materializado en el espacio (un templo, una novela, una película…)

“Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”, algo que vemos en un Cristo crucificado, algo que leemos en el Evangelio, pero ¿cómo es posible que el Hijo de Dios diga que Dios le ha abandonado siendo él mismo Dios? Es posiblemente lo más ilógico, incoherente, inverosímil que podamos pensar. Tal vez se pronunció en lo real, fue verdadero, tal vez su carácter de hecho real puede explicar que sobreviviera su memoria, fue lo que lo hizo pervivir.

La duda, le hace radicalmente sujeto (soledad del sujeto como todo sujeto) en el vértice mismo del desgarro extremo, la angustia y la agonía. Este drama en el Evangelio es el relato fundacional de nuestra mitología (el punto de ignición es la agonía dramática del sujeto que se sabe solo).

¿Cómo es posible que el inolvidable Jesucristo no se le reconozca en su vuelta después de su muerte (como hecho irreductible), ni por las mujeres que más le quisieron ni los discípulos que con mayor intensidad le siguieron? Es otro punto de ignición: nadie reconoce al Hijo de Dios, al Hijo del Hombre, su aspecto era otro. ¿Qué ocurre con el carisma de Cristo? ¿Por qué no se le reconoció? Esto debió ocurrir de verdad y quedó como un drama, trasvasado al relato.

¿Cómo es que a pesar de todo no naufragó allí mismo el Cristianismo? Porque resucitó, en su osadía se presentó frente a ellos siendo otro, reencarnado. Posteriormente, ¿por qué le reconocieron? Solamente porque reconocieron sus gestos simbólicos, no su rostro, no sus rasgos fisionómicos, que eran otros. El gesto simbólico es lo que pervive: por ejemplo llamar por su nombre a una mujer que ha perdido su nombre por prostitución, María Magdalena, bendecir y partir el pan.

Dimensión antropológica. Cristaliza un nuevo relato mítico, extraordinario, que introduce un dios nuevo, no el dios por el que Jesús se sintió abandonado, sino aquel que nació de su abandono. Cristo no abandona a su Dios aunque sea abandono por su Dios. Tal vez introdujo un nuevo dios (no el de los judíos, el que le había abandonado como la mayor parte del pueblo judío). Su reino no era de este mundo. El Cristo reencarnado (el que ocupó su lugar, reencarnó su palabra, transmitió la buena nueva a todas las naciones) vio que Cristo no abandonó a su Dios, murió sin abandonar a su Dios. Concluimos que un dios era necesario para lograr morir con cierta dignidad.

El relato nuevo, una buena nueva: un Dios que no era de una u otra tierra, sino de ninguna tierra, cuyo reino no era de este mundo, desterritorializado, detribalizado, en suma el primer dios que podría funcionar como Dios de todos los hombres. La condición de que todos los hombres pudieran comenzar a pensarse como hombres iguales en dignidad puesto que cada uno de ellos estaba destinado a su particular e irreductible pasión.

 

Un pensamiento en “El texto de la objetividad, el texto de la subjetividad

  1. Petrarca sube al Ventoux de Provenza. En la cima abrió el azar el libro y leyó: “Y suben los hombres a admirar la soberana alteza de las montañas, y el vasto oleaje del mar, y las arrebatadas caídas sde los ríos y la anchura del océano, y los giros y rodeos de las estrellas y dejan de entrar en sí mismos” (Agustín de Hipona, Confesiones, X, 8, 15) El pasaje se refiere al tema de la subjetividad o intimidad considerada como rasgo específico del hombre moderno.

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