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Miedo invertido: el verdugo

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Eduardo Beltrán Jordá

Miedo. Eso que por diversas circunstancias está tan asentado en nuestro modo de vida y hasta en nuestro progreso como seres humanos. Y como el miedo nos hace víctimas de lo que no hemos vivido, nos llega el momento del victimismo, ese sistema del victimismo, paralelo al del capitalismo y al del bienestar.

Pues eso toca: que la queja, la corrupción privada del psiquismo y el alma de cada uno está plagada de donaciones a los sucedáneos para disimular nuestra mentira. Aunque en muchas de las ocasiones -por no decir todas-, sea el recurso base para no sufrir: quiere esto decir que las corazas, las máscaras, son depresivas, y no son inteligentes aunque aparenten obviamente esto último. Y ahí se cuela el verdugo, el asestador de lo que hemos pedido inconscientemente: miedo, temor, miseria, y sí “refugio”. ¿Por qué hay tantos refugiados que quieren entrar en nuestras vidas?, ¿por qué están delante de nosotros víctimas del odio?, ¿quiénes son los que están alertando de una atención en nuestro territorio personal, nacional o social?… Puede que seamos nosotros los refugiados de nosotros mismos, de nuestros propios miedos, y por consecuencia hayamos renunciado a nuestra propia conciencia como seres de inteligencia y creatividad.

Los procesos de la inteligencia de lo creativo (y también de la libertad, el progreso y lo que queramos considerar como más humano y social, del bienestar, que todos buscamos), suenan contraculturales (no defienden la cultura del sofisticamiento teórico y el comadreo con filiación: los grupos del gusto), porque desenmascaran el constructo intelectual (la representación de lo extraños, progresistas, alternativos que queremos ser). Y el fraile fue antes cocinero, y sabe de lo que habla. Sucedáneos maravillosos y espléndidos, son el arte, el cine, el gusto que da estar entre colegas, las tendencias, la informatización de la vida, la compulsa sensación de consumo, la tecnificación del alma y el cuerpo, etc.

El cambio: el removimiento de la porquería es la buena noticia. Sin duda que es un cambio. No parece poco que la angustia sea nuestro desayuno cotidiano (no es masoquismo, los límites son catarsis de la sabiduría: ¿quién no sabe de ello?). Sin ir más lejos, visualizar un megaclásico de la historia del cine, Vértigo (1958) de Alfred Hitchcock, considerado por la crítica y los aficionados como posiblemente la mejor película de la Historia del cine, es un ejemplo de que ha caducado el no ser consciente de las ideas que provienen de la subconsciencia (o al menos no solamente considerarlas mera ficción, o mero engaño). Un ejemplo del agotamiento de lo que es el miedo a nuestra propia sombra. Siendo el tema del film, humano de manera inapelable, está insoslayablemente caduco.

La historia de un detective de policía que sufre de vértigo a las alturas debido a un accidente (no ha podido asumir su desequilibrio por el trauma, de ahí que la película sea, o fuese, una excelente inmersión en el subconsciente, a nivel de popularización, aunque el Surrealismo ya lo hubiese indagado treinta años antes) (1), es víctima de la argucia de un verdugo, puesto que ha cedido sus intimidades al servicio de su debilidad, y otros han hecho buena leña del árbol caído. Se enamora de una representación que no olvidará jamás. De ahí proviene su obsesión (qué fácilmente nos enamoramos, y en las películas ni se diga). Obsesivo, por una mujer que hizo de doble de otra mujer por un caso de seguimiento detectivesco.

La cuestión del doble es formidable en la historia de esta película porque nadie es quien dice ser, y aquí es donde es quizás intensamente atractiva por lo que aquí se está comentando. Porque todos son víctimas de todos, todos han cedido sus aspiraciones a otros. Pero lo más relevante es que el protagonista ha prestado su duda a otro, porque ni siquiera cree en lo que le llama tanto la atención, que es lo que le domina: lo irracional, el temor de que alguien -muerto- pueda ser poseedor psíquico de otro ser humano vivo; que sin creer, sea el que más crea; que siendo profesional del espionaje y verifique los hechos, no pueda comprobar en qué falsedad ha caído, que es el miedo a lo desconocido, o al menos la intriga hacia lo no conocido. La incredulidad del egoísmo es la parte de Orfeo que pierde a Eurídice (2). La duda es el imán del inconsciente.

El proceso es totalmente inconsciente como buena parte del relato cinematográfico, pero es curioso que una generación de veinteañeros hoy en día, se aburran cuando hay largas conversaciones en el metraje de una película, o consideren “naif” el enamoramiento en los filmes de los años sesenta o cincuenta, y enciendan sus teléfonos móviles para consultarlos en plena película. ¿Hitchcock ha perdido el reinado del suspense?, o ¿es que ya está agotado el modelo de víctima y verdugo?

***

(1) Para este caso Notorious (Recuerda en castellano), del propio Hitchcock, es más interesante.

(2) Al respecto, leer el ensayo de Eugenio Trías sobre esta película (Vértigo y pasión, Ed. Taurus).

 

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