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El buen pastor

Eduardo Beltrán Jordá

Si de alguna virtud puede enorgullecerse el cine estadounidense es de aquella que sabe narrar. Robert de Niro puede estar orgulloso de ello. En El buen pastor (2006) relata una historia sobre el origen de la democracia estadounidense que incorpora elementos “fascistas” a raíz de la Segunda Guerra Mundial con la CIA. La Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos fue formada para obtener la información necesaria para la seguridad nacional y para su auto defensa y su expansión; y sus miembros fueron reclutados de las hermandades universitarias de raza blanca, privilegiada y conservadora: una fuente sibilina de totalitarismo mundial. La película narra la defensa de la política estadounidense, su nación (América, así la llaman) y su estilo de vida. Invita a ver su propia democracia como ellos mismos lo hacen: de una manera “supersticiosa”.

Es una película que es apropiada para los momentos en que la Casa Blanca está (o esté, porque es un bucle temporal) habitada por un presidente desinhibido políticamente, utilizando métodos y modos autoproteccionistas, que se defiende del miedo –disfrazado de presunción nacionalista y populista– con el propio miedo (o lo que es lo mismo, cuando se desvelan, sin correcciones políticas, los componentes en la sombra que estructuran un país, que puede ser EEUU o cualquier otro)

La construcción del film es la trama por la que se resuelve una situación de suspense. Basada ésta en la investigación de unas fotos y una cinta magnetofónica que aparecen al comienzo de la película, y que va progresivamente dilucidándose mediante las herramientas tecnológicas y las deducciones de los servicios secretos de inteligencia estadounidenses. Tal como se puede ver en la película, supuestamente, esta averiguación es la causa de una filtración (relacionada directamente con el protagonista del film, Edward Wilson) que derivó en un fracaso militar y político/estratégico de EEUU, al no poder impedir la invasión de los castristas en la isla de Cuba, en 1961. A su vez, esa trama, mediante flashbacks, nos relata el origen de la CIA entorno a uno de sus mayores representantes, Edward Wilson (Matt Damon, en una actuación angustiosamente hierática), dejándonos ver al mismo tiempo la historia de su vida familiar.

Tomás Fernández Valentí (1) defiende El buen pastor como una de las películas más excepcionales de la década 2000-2010. Destaca la “endeble” actuación de Angelina Jolie  (Margaret “Clover” Russell en el papel de esposa de Edward Wilson) y de Matt Damon. Según mi parecer, convengo con Fernández Valentí en que Damon no es capaz de desarrollar el tumultuoso caudal de emociones que el personaje necesitaría para su expresión, aunque reconozco con él que la inexpresividad del actor funciona para transmitirnos mejor la inquietante indiferencia –son sus palabras­­– de un “hombre sin alma”, “peligroso”, “hipócrita” y “sin escrúpulos”.

Respecto a este carácter frío e inhumano, la película deja en la retina cinematográfica tres momentos de una crueldad despiadada. Secuencias que se refieren a la actitud ascética que incorpora a su vida Edward Wilson, como guía benefactor de una nación, pasando por alto a su propia familia. Los tres momentos (no necesariamente circunscritos a los tiempos secuenciales del film) tienen que ver, por una parte, con la divergencia cruel que muestra la película entre los sentimientos familiares de un padre hacia su hijo, y por otra, con el deber de un padre hacia el destino de su propio país.

El primer momento es escalofriante. La secuencia donde Edward Wilson vuelve a casa una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, período en el que había comenzado a trabajar en los servicios de espionaje, previos a la agencia CIA. En el zaguán de su casa –en zona residencial acomodada– junto a la escalera que da a piso superior, Wilson –Matt Damon– no es capaz de sentir nada (es decir ninguna sensibilidad, ninguna emoción) delante de su hijo, habida cuenta del tiempo transcurrido (años) sin saber nada de él, y de que ni siquiera lo había visto nacer.

El segundo es muy breve: desde un avión se lanza al vacío el cuerpo de una mujer de raza negromestiza, que era la prometida del hijo –también en la CIA– de E. Wilson, puesto que era depositaria de información capital para la defensa de los EEUU. Era inadmisible que la debilidad sentimental de un miembro de la CIA –enamorarse de una espía enemiga y confesarse íntimamente información secreta–, significase el fracaso de la seguridad nacional.

Es más (es el tercer momento), cuando el hijo de Edward Wilson –Edward Wilson Jr. Interpretado por Eddie Redmayne– junto a su madre y varios invitados, se encuentra dispuesto a reunirse con su prometida para casarse, en la puerta de una iglesia de un país africano, su padre se acerca impertérrito para informarle de que su futura esposa ha “muerto”; ni siquiera llega a decírselo pues tanto su esposa –Angelina Jolie comenta: “¡qué has hecho!”, sin preguntar, casi afirmando– como su hijo, ya lo sospechan. Edward Wilson Jr. le balbuce: “estaba embarazada”. Wilson le confiesa: “te quiero muchísimo” (¡!). Un primer plano del rostro de Wilson abrazando a su hijo que no tiene descripción posible: se debe ver en la pantalla.

elbuenpastor

http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula49751

En 2007 leí una entrevista a Francisco Umbral donde comentaba que Borges tenía la opinión de que en Estados Unidos la democracia era una “superstición”. Umbral comentaba: “qué lúcido”. Ciertamente, la película El buen pastor que dirigió Robert de Niro, refleja el origen de esa superstición: la integridad y la intolerancia. Aunque es curioso que ambos conceptos aparezcan invisiblemente, y a la inversa, es decir, con una aparente libertad, con alternativas en la diversidad y la tolerancia del estilo de vida norteamericano. Más adelante veremos esta noción de sociedad, de concepción unívoca desde un acercamiento marxista. Aunque esté revestida de utilitarismo económico, es una idea moral, que para los fundadores de la protección de un país –puesto que narra la vida de uno de los fundadores de la CIA–, será el único objetivo a realizar. Posee una vertiente de hegemonía patriótico/nacionalista, tal vez irracionalista, al pretender conducir la civilización occidental del progreso industrializado.

Según nos ubica el film, defender a los EEUU, tiene similitudes con un fundamentalismo de “raza” blanca acomodada, formada intelectualmente, cristiano-protestante y conservadora (cabría decir cristiano/evangelista, dada la proliferación de iglesias evangélicas que aglutinan a múltiples capas sociales). Tal vez por ese carácter de integridad, se midieron (y miden) bélicamente contra otros integrismos radicales del siglo XX: nazismo y comunismo; y en el siglo XXI con los islamistas yihadistas fundamentalistas. Sería interesante averiguar cuál es el trasfondo-motor que dinamiza la protección de este país; el por qué de su rigor, para que tanto sea así, que no llega a plantearse ni su consecuencia ni su trascendencia (es más, al contrario, se quiere expandir exteriormente). Estados Unidos defiende la democracia, de los enemigos de ésta y del país, con mayor intensidad a partir de la formalización del Servicio de Inteligencia estadounidense durante la Guerra Fría hasta hoy día. El buen pastor nos ofrece la virtud de explicarnos cómo se institucionaliza y estructura una organización para tal fin.

Tomás Fernández Valentí, en su estudio sobre el género cinematográfico de espionaje, avala la idea que es propia de The Good Shepherd: que la CIA actuó durante la Guerra Fría, como protectora de la seguridad del pueblo norteamericano y su naciente modo de vida; tanto en cuanto a la confortabilidad económica como a la político/ideológica, es decir, en lo referente a un estado del bienestar capitalista y a su democracia. El supersticioso american way of life necesitaba el beneficioso socorro de la CIA. (Por no hablar de la manera de entrometerse en los asuntos político-económico-sociales de Latinoamérica –América central y Sudamérica– para controlar su controvertido, hipócrita/liberal e integrista sistema de valores).

Si la tutela, vigilancia y defensa de la democracia es una excusa para la vigencia de un sistema económico (hoy ultra) capitalista no es este un buen lugar para hallar verificaciones objetivas. No obstante, me aproximaré a ello. Daré alguna justificación desde la “vieja noción” marxista/marcusiana, sin ánimo de forzar un análisis ideológico, político/social ni económico. Bajo ese punto de vista, desde de las ideas de Marcuse (muy superficialmente), se trataría de entender la sociedad estadounidense como una sociedad industrial avanzada, que se caracteriza por la abundancia y la tolerancia. Sin embargo, posee una concepción unidireccional que comporta una casi irrevocable invisibilidad. Esto provoca que se aliene e ignore a sí misma, pues oculta su verdadera realidad, que es el dominio social y el conformismo bajo la falacia y el rostro de la abundancia, la libertad y la tolerancia. Esto es, que defender el sistema democrático como una patología nacional es demostrar que es el mejor sistema de aniquilación y paliación en el mundo de la conciencia social (la des-alienación), la conciencia político/ideológica (el bien común), y la conciencia ecológica (la des-alineación, entendiendo por ésta la multiplicidad de visiones que en aspecto son libres pero solamente bajo la ley del mercado y no bajo la ley holística), ya que EEUU se empeñó desde la Primera Guerra Mundial en defender el mayor capital del mundo en el menor espacio territorial mundial, a través de la expansión cínico/ideológica, mediático/mercantil y bélico/industrial.

Tal vez The Good Shepherd muestre la defensa de un orden establecido desde un “fascismo” norteamericano funcional, que resulta natural, orgánico, casi biológico y “desideologizado”. Tal vez De Niro se haya incorporado creativamente, con esta película, a la lista de los Coppola, De Palma o Scorsese.

(1) Dirigido por369, p. 68-73.

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