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El rey cuyo sol declinó en gangrena

Jean-Pierre Léaud y Luis XIV

Jean-Pierre Léaud y Luis XIV

Eduardo Beltrán Jordá

La muerte de Luis XIV (2016) de Albert Serra, es una obra de cámara que reduce sus posibilidades a un espacio/escenario y un tiempo concretos en la vida de Luis XIV.

Suele ser una obviedad dentro del ámbito cinematográfico, que cuando un director es reconocido como la novedad cinematográfica, creativa o intelectual –premiado, pongo por ejemplo, en los certámenes internacionales como el de Locarno o nacionales como el de Sitges–, o es tratado como el último director al que la crítica está obligada a dilucidar los cómos y los porqués de sus orígenes cinematográficos, su participación sociológica y su renovada y fundamental aportación a la estética visual del cine, solamente es conocido por más público –más público interesado en conocer su obra–, cuando cambia de registro y plantea un cine más clásico o narrativo, deja de estrenarse solamente en filmotecas o festivales, y comienza a poder verse en salas abiertas a reestrenos, o en cines donde más espectadores puedan acceder a sus obras, ya que generalmente es una cinematografía prácticamente estrenada casi únicamente en festivales, o en cines específicos como el cine-cooperativa ZumZeig de Barcelona. Es lo que ocurre con La muerte de Luis XIV (2016) de Albert Serra, película reestrenada en los Cines Aragón –cooperativa La Cinemista de Valencia–, que es un modelo análogo al ZumZeig barcelonés.

Digo que es una obviedad, puesto que la producción cinematográfica tiene una parte de industria en la que las salas cinematográficas son un engranaje de la misma cadena de mercado, desde la financiación de películas, hasta su visionado en múltiples formatos audiovisuales actualmente. Otro asunto es la creación artística, que inevitablemente tiene que pasar por los mismos circuitos de producción y proyección para que salga a la luz, aunque sea para grupos especializados como la crítica, intelectuales, intelectualistas o especialmente cine-adictos. (En muchas ocasiones la cinefilia no tiene excesivos vínculos con la admisión del cine que es invisible en/para las salas más comerciales, el que suele exhibirse en los festivales y en salas muy comprometidas con un cine de producción escasa –de bajo presupuesto–; tampoco tiene tanto que ver con el cine contemporáneo que muestra directa o indirectamente elementos sociopolíticos, o con el cine que trabaja la reflexión de la imagen audiovisual).

Las salas de cine no suelen proyectar películas que no sean atractivas comercialmente, ya sean cines diferentes para un determinado público u otro. El ejemplo más claro es el de los Cines Babel de Valencia, que tienen un modelo de películas proyectadas y un público promedio, en una simbiosis tan admirable como endogámica. Ni siquiera los cines que proyectan cine no tan comercial dejan de incluir en sus programaciones estrenos de Hollywood. Son necesidades de una industria que tiene varios frentes de lucha (cine vía streaming –distribución digital de contenido multimedia–, el IVA cultural para el cine y el descenso del nivel de vida de las clases medias).

Las películas incómodas, cuya visualidad tiene por ausencia la dramaturgia artificial –la teatralización o actuación que enlaza con nuestro sentido de la continuidad, adecuación de sentido o raccords psicológicos de progresión en concordancia lineal– requieren de un más que notable esfuerzo visual y mental. No sabría decir si es una tarea intelectual, habida cuenta de la distancia infranqueable, en tantas ocasiones, entre lo que quiere decir, dice –o no dice y que los demás queremos ver–, simplemente, el artista/cineasta, y lo que el espectador, crítico o cinéfago –o aprendiz de tal–, ve o piensa, o quiere ver o pensar. No estoy seguro si alguna de las primeras y últimas películas de Albert Serra, Honor de cavalleria (2006), El cant dels ocells (2008), El Senyor a fet en mi meravelles (2011), Història de la meva mort (2013), se ha estrenado en Valencia a excepción de La Filmoteca. La muerte de Luis XIV es la primera que creo que lo ha hecho en salas comerciales en Valencia.

El reestreno de la película más convencional de Albert Serra, es una obviedad, porque las salas tienen que vender y comprar películas, y los espectadores quieren ver historias cotidianas o extraordinarias, pensar o no pensar demasiado, contemplar radicalmente el espacio/tiempo cinematográfico del filme o seguir una reivindicación políticosocial o vital de la sociedad actual, por mucho que el propio Albert Serra defienda –junto con Pere Portabella, por ejemplo–, que el cine únicamente debe ser una experiencia que no alude tanto al relato dramatúrgico del modo de representación clásico, postclásico –y no tanto al posmoderno–, sino al relato de la subjetividad individual (aunque luego pueda ser colectiva), en el que el tiempo se dilata y se nutre además de los tiempos muertos y sin significado.

Serra ego

Serra ego

El cine según Serra debe ser un trabajo de extrema libertad donde participan la confusión o el caos; la poética de irse conformando la obra (work in progress); la dramaturgia de la presencia, pero de la presencia de lo que no existe, la nada (el cine como imaginario de la nada); la autonomía estético-filosófica de la obra de arte cinematográfica respecto de las demás artes que coadyuvan al cine, música y literatura; el ultra-realismo y el ultra-artificialismo; los retratos de personajes que parten del trabajo lúdico del actor (hasta La muerte de Luis XIV han sido actores no profesionales y actores/performers, pero en esta última película, el director ha incorporado a un mito vivo de la nouvelle vague Jean-Pierre Léaud).

Albert Serra recuerda a un esteta como Oscar Wilde que se ha fijado en la originalidad de Luis Buñuel para hacer cine. Sentirse único, como Wilde y Buñuel. Reivindica su obra cinematográfica como la única valorable dentro de las cinematografías aceptadas o académicas, y proclama (dali-nianamente) el cine por el cine, el del arte por el arte (La muerte de Luis XIV tiene un carácter pictoricista, entre Georges de La Tour y La Lección de anatomía de Rembrandt), la propia e independiente estética (la visualidad dentro del tiempo laxo y demorado que lo asimila a Sokurov, Apichatpong Weerasethakul o Andrei Tarkovsky) por delante de toda consideración, la procacidad buñueliana, la desmitificación de la cultura por causa de su estética individual. Para algunos su obra es, o puede ser, una tomadura de pelo, para otros es el último director que tiene algo que mostrar en el cine independiente; o es una estafa o entra dentro de la genialidad artística underground.

Albert Serra ha presentado trabajos en la Bienal de Venecia y en la Documenta de Kassel, y a parte, ha participado con sus películas en Festivales de cine tan relevantes como Cannes y Locarno. En este último salió premiado con el Leopardo de Oro por Història de la meva mort (2013). Pero en su última película, solamente puede observarse con claridad su trabajo de artista audiovisual en cómo Jean-Pierre Léaud roza la actuación del performer, que con solo estar en la acción conforma la obra de arte. La performance no se adscribe a la dramaturgia de la ficción –como podría ocurrir en un cine artificiosamente narratológico donde hay un “actor actuante”–, es por sí misma: es la acción de la presencia, la acción por ella misma es su valor. De aquí se entiende que la propia experiencia del performer sea la misma expansión estético/artística. Hay que mencionar en este sentido que la mayoría de las películas de Serra no tienen guión al uso tradicional del cine, son unos textos orientadores para los actores. De hecho, es un director que detesta el guión y se aburre con los planos de transición, que son los que integran las secuencias de sentido narrativo

No obstante, lo más admirable de la muerte de Luis XIV es el humanismo físico que se agrega en letra mayúscula a la recepción artística de un personaje histórico como el rey absolutista, Luis XIV. Ocurría semejante desmitificación con personajes literarios como Sancho Panza y Alonso Quijano en Honor de cavalleria, con personajes mitológicos como los Reyes Magos en El cant del ocells, o con personajes literarios, reales y mitológicos al mismo tiempo, como el conde Drácula y Giacomo Casanova en Història de la meva mort.

Hay referencias cinematográficas en la película de Roberto Rossellini, La Prise de pouvoir par Louis XIV (1966), en la que se muestra al cardenal Mazarin –gobernante de Francia bajo la regencia de Ana de Austria tras la muerte de Luis XIII– en similar agonía a la que sufre Luis XIV en la película de Albert Serra. La muerte iguala tanto a un criminal en el cuadro de Rembrandt, Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp (1632), como al cardenal Mazarin, o al rey Luis XIV. También hay textos que han contribuido a la correspondencia histórica de la película: las memorias autobiográficas del marqués de Dangeau y las de Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon, amigo y consejero del monarca.

Pero si de un humanismo desidealizador e irónico se ha hablado en el trabajo de Serra, aquí aparece en la presencia de la muerte –recordemos el contraste entre nada y materia cuyo resultado artístico es por sí mismo su estética– en la propia decrepitud del poder, en la decadencia física y afligida del Rey Sol: es la luz del astro carbonizada en la gangrena.

 

 

 

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