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Zen


Alan Watts: The Essence of Alan Watts

Image by lungstruck via Flickr

Alan Watts vivió una transformación fascinante: fue pastor protestante (y posteriormente ex sacerdote); estudioso tanto de las filosofías (o tradiciones sapienciales) orientales -uno de sus pioneros y propagadores en Inglaterra y Estados Unidos-, como también de las occidentales, asimilando ambas; psicoterapeuta; uno de los insufladores de ideas que se manifestaron en el denominado movimiento hippy; practicante del tiro con arco zen, y al final de su vida, taoísta, es decir aquel que hace ver las cosas por lo que son y no por lo que queremos que sean, mediante sus actitudes vitales, sin desasosiego, o sea, aproximadamente sabio.

Transcribo de uno de sus numerosos libros: Alan Watts, Amour et connaissance, París, Denoël-Gonthier, 1971.

«Un día que le preguntaban: “¿Qué es lo que tiene más valor en el mundo?”, un maestro zen respondió: “Una cabeza de gato muerto”. -¿Y por qué tal cosa?-. “Porque es imposible fijar su precio”. La revelación de la unidad del mundo es como esa cabeza de gato muerto. Es la cosa más desprovista de precio, la más falta de consecuencias que existe. No implica resultados, no tiene significación lógica y no conduce a nada (…) La satisfacción es necesariamente momentánea, y solo aquellos que tratan de sacar provecho de ella se encuentran verdaderamente decepcionados. Por eso Buda pudo decir a su discípulo Subhuti: “Yo no he sacado absolutamente nada del despertar insuperable y perfecto”. Pero cuando no existe ninguna actitud de espera, ningún resultado supuesto y ninguna otra ganancia que esa “cabeza de gato muerto”, de pronto, por un milagro contra toda lógica, se recibe gratuitamente mucho más de lo que nunca se había buscado.

Pues la iluminación, o armonía consciente con el tao, no puede sobrevenir mientras se la considere como un estado particular a conseguir, para lograr el cual existirían criterios y normas. La iluminación es, en primer lugar, la  libertad de ser lo fracasado que uno es. Por inverosímil que parezca, es sobre esa libertad amoral y desmesurada donde se apoya toda realización espiritual. A condición de no tender a ningún resultado, aunque la plena aceptación incluye también esta búsqueda de acuerdo con todo lo que se puede hacer o experimentar en el instante.

La extrema pasividad aparente de esa aceptación es, no obstante, creadora, ya que permite ser de una sola pieza, con toda el alma, malvado, indiferente o estar en el error. Para actuar o desarrollarnos de una manera creadora, hemos de comenzar allí donde somos, pero “enteros”, sin reservas y sin lamentos. A falta de aceptación de nosotros mismos, estamos en un divorcio perpetuo con nuestro punto de vista, siempre desconfiando del terreno sobre el cual andamos, tan divididos contra nosotros mismos que no podemos actuar con una auténtica sinceridad. Al margen de esta aceptación, concebida como fundamento del pensamiento y la acción, toda tentativa de disciplina moral o espiritual sigue siendo el combate estéril de un espíritu dividido y de mala fe. La libertad es el fundamento esencial de toda restricción que el hombre se impone».

A partir de aquí, de la enseñanza del “zen occidentalizado”, todo se deslinda desestructurándose; puedes caer en el más anárquico nihilismo, en el más radical liberalismo individualista o en el más refinado de los relativismos. Puesto que la realidad es la que es, solo cabe seguir la “obstinación” de Herman Hesse (otra de las raigambres literarias de la juventud hippy en la segunda mitad de los años sesenta del siglo XX), aquella virtud de la obediencia por el propio sentido, que le hacía seguir su propio destino, una lumbre para su propia senda del espíritu. O también, puesto que la realidad es como es, tan solo queda seguir siendo humanistas; extraer un juicio de valor sobre nuestro esfuerzo por seguir imaginando nuestras propias metáforas entorno a constantes subterráneas de inquietud filosófica, dentro del mundo de la vida, para tratar de incrementar nuestra distancia respecto de la irreductible -verdadera- realidad, tal y como nos recordaba Hans Blumenberg.

2 pensamientos en “Zen

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